20 d’abril 2018

Entomología de los independentistas


Si le preguntan a diez politólogos cuál es su diagnóstico sobre la situación en Cataluña, al menos nueve (siempre hay un disidente, como el dentista que no recomendaba chicles sin azúcar) llegarán a la conclusión que Cataluña está partida en dos. Si eso fuera cierto, no habría solución posible. Cualquier escenario disgustaría a la mitad de la sociedad y no hay forma de construir un país contra la voluntad del 50% (o del 47%, que viene a ser lo mismo). Pero imaginemos que el país no está dividido en dos partes. Que la imagen que mejor define la realidad del país no es una naranja partida en dos, sino los mosaicos que tanto le gustaban a Antoni Gaudí. ¿Y si en realidad Cataluña fuese mucho más complicada que la simplificación de independentistas versus constitucionalistas, algo más que una versión moderna de montescos y capuletos?. Para intentar defender esta tesis, inicio aquí una serie de posts (lo que en twitter vendría ser un hilo) que presentan la hipótesis siguiente: La sociedad catalana está formada por grupos inestables de intereses diversos, que reaccionan de forma desigual a la evolución del ‘procés’. Y el futuro del país depende en parte de las alianzas internas y externas de cada grupo. 

Empezaremos esta serie con un intento de clusterización de los independentistas. Porque, ¿qué ocurriría si hay diversos tipos de independentistas, con orígenes, intereses, sentimientos y estrategias diferentes entre sí?. Vamos a ello. Estos son los cinco tipos de independentistas que usted se puede encontrar un día soleado de un once de septiembre cualquiera entre la calle Aragó y la calle Provença. 

El indepentista antiespañol 

Hay un tipo de independentista que ante todo, y por encima de todo, desprecia a España. No solo al gobierno de España, sino al concepto mismo de España y, por extensión, a los propios españoles. Es alguien que celebra las derrotas de España como victorias propias e inversamente, lee una victoria de España como un fracaso personal. Esta visión caricaturiza todo lo español, lo deforma y lo convierte en grotesco y repulsilvo. España es un país de gañanes, perezosos, de tricornios y monteras. 

Al otro lado del espejo, están los anticatalanes. Son personas que aborrecen todo lo catalán, que lo detestan. Cualquier objeto, personaje, símbolo o elemento cultural catalán es despreciado. Hay un odio visceral a lo catalán en una parte de España, de la misma manera que hay un desprecio profundo a lo español en una parte de Cataluña. Y aunque parecen antitéticos, ambos comparten la misma raíz, tan presente en todos los rincones del planeta, de repulsa al vecino. No es algo nuevo. Conviene leer la obra de García Cárcel para percatarse que esta rivalidad tiene unos antecedentes históricos tan lejanos que configuran un elemento estructural. 

Es así de simple. Una parte del independentismo es la forma local del desprecio al otro, esa reacción atávica que encontramos en todas las escalas, desde la rivalidad entre Villaarriba y Villaabajo al conflicto entre bloques geopolíticos. Y no hace falta ser sociólogo para advertir que a una persona que desprecia lo español, no que le es indiferente o que siente una estima débil (solo como amigos, pero sin derecho a roce), sino que lo aborrece, a una persona así cualquier escenario que no sea una ruptura le parecerá un escenario indeseable. 

El independentista ilustrado 

Al segundo grupo de independentistas les mueve sobre todo un aprecio por la cultura catalana. Son los que leen los clásicos, los que recitan a Carner, que puntean sardanas o que van a visitar la restauración de la Cartoixa d’Escaladei. Y, por encima de todo, que ven en la lengua el eje sobre el que gira todo el proyecto nacional. No es solo que recorran kilómetros para ver una versión en catalán del éxito del momento; es que asocian la lengua catalana a la cultura catalana, en el sentido herderiano del término. Según esta interpretación, hay una forma catalana de ver el mundo, hay un humor catalán, una ética catalana, una actitud catalana hacia la vida o hacia la muerte. 

Hay una filiación histórica muy clara entre esta visión y el proyecto noucentista. En la Cataluña ilustrada y burguesa de finales del XIX, había un proyecto cultural y político que explica desde las agrupaciones excursionistas a los Juegos Florales. La Guerra Civil y el franquismo seccionó esta evolución y, por eso, tras la restitución democrática de alguna manera se invocó al ideal de la Renaixença o, casi mejor, a una versión idealizada del proyecto ilustrado burgués. Así, entre los 70 y los 80 la contracultura hippie y la apertura del postfranquismo convivió con una recuperación del ideal noucentista, siempre con el hilo conductor de la lengua. 

¿Cómo son estos independentistas?. La principal característica es que perciben una identidad cultural diferenciada. No mejor ni peor, sino esencialmente diferente. La afirmación de lo catalán no se basa en la negación de lo español. Pero en todo caso, ven en la independencia la solución natural a un ‘hecho diferencial’, la respuesta lógica a una cultura propia en el sentido ‘herderiano’. Es lógico que Cataluña sea un estado, porque esta es la forma política del sustrato cultural catalán. En principio, para un independentista ilustrado, España es otra forma cultural, que es respetada y que en algunos de sus elementos puede ser incluso admirada. Pero no es su cultura y entonces no puede ser su país. 

Una de las debilidades más evidentes del ‘procés’ es la ausencia de un proyecto cultural potente asociado al proyecto político. A diferencia de finales del XIX y principios del XX (Gaudí, Fabra, Dalí, Víctor Català, Puig i Cadafalch, Picasso, Sert, Foix, Pla…) no hay una nueva ‘renaixença’ cultural que acompañe el movimiento político, más allá de la arquitectura. No hay una nueva literatura catalana ni una nueva pintura o un nuevo cine que dé forma al eje cultural de esta versión del independentismo. Hay, creo, un punto de nostalgia, una invocación idealizada de los clásicos, pero no una propuesta cultural renovada de país. 

El independentista derrotado 

‘De derrota en derrota hasta la victoria final’. Este sería el credo de una parte de los independentistas. Cataluña sería un proyecto truncado históricamente por la victoria (militar) del otro bando, de la Guerra de Sucesión (y antes, de 1640) al totémico 1714, la dictadura de Primo de Rivera o, por supuesto, la Guerra Civil. No es casual que el himno catalán sea la celebración de una derrota, como si se hubiera perdido un episodio de la historia pero no la batalla futura. Como en todos los nacionalismos, esta visión es historicista y crea una suerte de compromiso, de obligación moral. Cataluña debe ser una nación, no porque ganó ese derecho en una batalla histórica, sino por todo lo contrario: En memoria de los que lo perdieron. 

Todas las construcciones nacionales deforman la historia. España, Francia, Rusia y Tuvalu. También Cataluña, claro. Por un lado, porque reclama una filiación histórica casi milenaria aunque las naciones son una construcción social de la historia moderna. Y por otro, porque reduce la complejidad de los procesos sociales a un guion a conveniencia. Por ejemplo, la Guerra Civil sería casi un enfrentamiento entre catalanes y españoles, sin referencias al fascismo en Cataluña ni al bando republicano de Madrid, Andalucía o Asturias, pongamos por caso. Y esta versión ha logrado fijar un relato muy extendido entre el independentismo, que es el neofranquismo de la España actual, o sea una nueva forma de una vieja batalla. 

La mayor parte de estos independentistas apuestan por una respuesta combativa. No se trata de violencia, porque no hay el más mínimo rastro de ella en los años de ‘procés’. Pero sí abogan por una confrontación, una tensión permanente, que haga inviable el laissez faire del gobierno de España. Este eje ha conectado con reivindaciones populares de corte radical y han ejercido un papel fundamental en la movilización ciudadana. Nuevamente, no hay escenario posible que no sea la victoria; hay una obligación moral, casi ética, que quiere recuperar el país de las derrotas que, según esta perspectiva, se han acumulado desde el siglo XVII. 

Balance inicial: Los tres ingredientes básicos 

Resumamos. En la lucha contra el franquismo y en el inmediato postfranquismo, conviven tres elementos que configuran la base de un movimiento latente. Por un lado, la pervivencia casi atávica del desprecio al vecino que se alimenta de un desprecio recíproco; es probablemente minoritario en este momento porque sobresale el proyecto colectivo democrático. En segundo lugar, la recuperación del proyecto noucentista, ilustrado, que proyecta la cultura y la lengua catalana, y sobre ellos imagina un ideal de nuevo país. Y, finalmente, un trasfondo de carácter más radical, que propugna un cambio social y económico, y que conecta esta aspiración con la historia de derrotas del país, y la necesidad de una compensación histórica. Fijémonos que son tres proyectos que tienen muy pocas posibilidades de conectar porque responden a lógicas diferentes. 

Es importante retener tres ideas. La primera es que el independentismo está latente desde finales de los 70 y posee una base social amplia mucho antes del cambio de siglo. En segundo lugar, el proyecto constitucional (la transición y su consolidación) diluyen una parte de la capacidad de crecimiento de esta base social. No la elimina, pero sí la aplaza. Y finalmente, no creo que el factor que hace cambiar la alquimia del ‘procés’ sea el rechazo que hace el Tribunal Constitucional de la reforma del Estatut. Eso fue la espoleta. Pero si no hubiera sido la sentencia del TC, unos pocos años después cualquier otra mecha habría desencadenado una serie de acontecimientos bastante similares. En realidad, lo que ocurre con el cambio de milenio es la irrupción de dos nuevos grupos, que van a convertir la aparente minoría en al menos la mitad del país. 

El independentista pragmático 

La definición es de Santi Vila e hizo fortuna. Creo que describe bastante bien la progresiva aparición de una nueva especie que plantea el dilema Cataluña - España en unas nuevas coordenadas: Las de la hoja de cálculo. Una nueva generación de ciudadanos ven el debate en términos de coste - beneficio y empiezan a intuir que los números no cuadran. Crece la percepción que la situación económica del país y también la gestión de los recursos sería mucho más favorable con un gobierno propio. Y se suman a esta visión una parte creciente de los empresarios de las pymes, que hasta ese momento habían mantenido una visión más bien contraria. 

Pero es muy importante constatar que esta visión pragmática no solo hace referencia al debate económico. Es también social, cultural o incluso ambiental. Para ello, es esencial incorporar la progresiva erosión del mito de la transición modélica y del pacto de estado. Desde el cambio de siglo (sumen la crisis, el 15M, la corrupción), una parte creciente de Cataluña asume que el pacto no es posible, que no habrá una respuesta política a una demanda latente y que en realidad España no es capaz de entender ni de integrar a Cataluña. Digamos que un día alguien mira a su pareja y admite lo que llevaba tiempo sospechando: que estaría mejor sin ella. En este momento, lo más relevante no es si tiene o no razón; lo que importa es la percepción. Y el pragmático percibe (sea o no cierto) que el plan B de la independencia es el mejor plan posible. 

¿Cómo son estos independentistas?. En primer lugar, recien llegados. Algunos derivan a algunas de las tipologías precedentes y se tornan anti (la fe del converso) o abiertamente radicales. Pero en general, creo que el grueso de ellos mantienen una distancia con los ideales historicistas, culturalistas o negacionistas. No es una cuestión sentimental, ni ética, ni simbólica. Es simplemente, una decisión práctica. Y aunque son un colectivo muy importante, no es suficiente para explicar la expansión. Por eso necesitamos un nuevo ingrediente. Y nos tenemos que situar en el Passeig de Gràcia, en la manifestación que muestra su rechazo a la sentencia del Tribunal Constitucional. Nos vamos al 10 de julio de 2010. 

El independentista socializado 

La sentencia del TC provocó la que hasta ese momento había sido la mayor manifestación en Cataluña. Estaban casi todos allí, de los socialistas a los votantes de Unió, pasando por convergentes y por supuesto republicanos. La manifestación que inicialmente fue concebida como una reacción contra la decisión judicial pronto se transformó en un acto de afirmación del independentismo. Salieron a la calle y advirtieron que eran muchos. Puede que en ese momento menos de lo que llegaron a imaginar, pero sin duda alguna, eran muchos. Digamos que el 10 de julio de 2010 el independentismo sale del armario. Y crea su propia ‘parade’. 

Es ante todo una actividad social, un ritual colectivo, especialmente en los impresionantes actos del 11 de septiembre. Se consigue unir el país de una punta o otra con personas que se dan la mano. Pero es mucho más que eso. El independentismo aparece en las tertulias, en las universidades, en los movimientos sociales, en la vida cotidiana. Ser independentista es ‘cool’, es una extraordinaria herramienta de socialización. Y es, por tanto, una vía que toman algunos no necesariamente por la convicción profunda de la reivindicación, sino porque de repente (y contrariamente a lo que ocurría un par de décadas antes) expresar abiertamente un ideal independentista pasa a ser socialmente bien visto. No defiendo en absoluto que estos nuevos acólitos mientan o disimulen; creo firmemente que piensan como se expresan. Lo que intento decir es que el verdadero estímulo para su afiliación es el valor social de la condición de independentista. 

Aquí se incuyen por ejemplo los jóvenes, mileniales y generación z, que entran en la madurez en medio del conflicto, y que repiten las pautas que ven en la calle y entre sus compañeros. Ser independentista es mucho más ‘cool’ que no serlo, y no solo en Vic u Olot, sino incluso en el Área Metropolitana de Barcelona. O de los inmigrantes que se sienten atraídos (y no es para menos) por la impresionante capacidad de movilización y el ambiente cívico y lúdico de las reivindicaciones. De repente, disponen de una herramienta que les permite ‘entrar a formar parte de’.

En este último ingrediente empieza a manifestarse un subconjunto, que puede ser una de las claves de todo el proceso, que es el de los independentistas reactivos. Son catalanes que han mantenido una distancia, cuando no una oposición al ‘procés’, pero que se han sentido desarmados ante las reacciones del gobierno español. Son personas incapaces de entender, por ejemplo, el uso de la fuerza el uno de octubre o el encarcelamiento de los líderes o la aplicación sistemática del 155. Como no se sienten identificados con la reacción de un lado, se acercan poco a poco a la versión del otro lado. 

En resumen 

En realidad, el independentismo es la suma compleja de sensibilidades muy diversas y de matices lleno de tonalidades. Pero simplificando, podríamos admitir que existen cinco grandes grupos. Los tres ingredientes básicos del independentismo clásico, los negacionistas, los culturalistas y los historicistas, han conseguido atraer hacia sí dos grandes grupos que han ampliado y mucho la base inicial: Por un lado, los pragmáticos y por otro los socializados. Por supuesto existen combinaciones de diversos grupos y hay constantes trasvases desde uno a otro grupo. Pero, como veremos, una visión más atomizada del independentismo nos ofrece más claves sobre la posible evolución futura y sobre las vías de resolución del conflicto. Mientras deciden en qué grupo se hallan ustedes o su primo de Berga, pueden comentar cuanto quieran. En la próxima entrega, intentaré mostrar que tampoco existe un bloque ‘unionista’, sino una amalgama bastante diversa de actores.

27 de desembre 2017

El plan B



Si usted es catalán y está leyendo esto, hay un 50% de probabilidades que sea de los unos y otro tanto que sea de los otros. El país se ha partido en dos mitades y no son medias naranjas, sino dos hemisferios, con sus antípodas y sus estaciones invertidas. Por eso, en los resultados del 21D perdieron todos y no ganó ninguno. Porque esto es una ecuación de suma cero. 

Llegados a este punto, se abren dos escenarios. El primero es más de lo mismo. Si usted es de los del hemisferio norte, anhela una república que está a punto de llegar o ya ha llegado, y confía que los del sur se sumen a la fiesta cuando comprueben las prebendas de la Arcadia. Si usted es de los del hemisferio sur, espera que todo vuelva a ser como antes y que los del norte abandonen su travesía y rompan para siempre sus mapas. Ninguna de las dos cosas va a pasar. Y, de alguna manera, los dos lo saben pero no pueden admitirlo. Este pulso entre gemelos no lo va a ganar nadie y lo van a perder todos.

Los efectos secundarios de la batalla son mucho más que económicos o políticos. Son sociales. Tenemos el país seccionado en dos, partido por la mitad. Y no hay forma de construir nada con la mitad de nosotros. Somos un país demasiado pequeño, en la periferia de un continente que se difumina, como para prescindir de media sociedad. Lo que quiero decirles es que más de lo mismo es una grieta, un foso, un precipicio. Llegó el momento de construir un nuevo itinerario. Y aunque hay varios planes B posibles, yo les propongo el mío. Una alternativa basada en cuatro pasos. 

Paso 1. Asumir los errores propios

Hemos llegado a este punto por la imprudente acumulación de errores a un lado y al otro. Ya sé. Si usted es del hemisferio norte me va a enumerar todas las tropelías del sur. Y a la inversa, si usted habita en el sur, leerá todo lo ocurrido como un atropello del norte. Lo relevante es que ambos tienen razón. Y la única forma de superar este círculo vicioso es desplazar el foco y orientarlo hacia los errores propios. Necesitamos grandes dosis de autocrítica. Admitir lo que hemos hecho mal (arriba y abajo) es un principio ineludible, una condición sine qua non, el único punto de partida posible.

Si no les incomoda el término, lo que deben hacer en el norte y en el sur es pedir perdón. Disculparse. E inversamente, lo que deben hacer en el sur y en el norte es perdonar. No digo olvidar ni justificar. Pero hemos vivido escenas que solo pueden ser superadas con un principio básico de la convivencia, que es aceptar el error. Ha habido muchas cosas que nunca debieron pasar y la única forma de afrontar el estrés post-traumático es con una disculpa sincera. Hay que abrir una nueva etapa no amnésica ni condescendiente, pero de alguna manera basada en la concordia, en pasar página.

Paso 2. Asumir la dimensión política del conflicto

Esto es un problema político, que precisa de una solución política. No podemos usar el comodín de la justicia para que resuelva una tensión que es a todas luces una tensión política. Tenemos que dar una salida no judicial a un conflicto que no tiene que ver con las leyes ni con los tratados. No puede haber una nueva etapa con personas en la cárcel y con los procesos judiciales abiertos. Hay que encontrar el mecanismo que evite que una de las partes se siente a la mesa con la sombra de los barrotes sobre su espalda. 

No soy jurista e ignoro las salidas de emergencia de este proceso. Pero me niego a aceptar que el mecanismo judicial es irreversible y que solo podemos esperar que las cárceles se llenen de políticos, de una parte de los actores de esta historia. Si no liberamos a los presos, volvemos a la casilla de salida y estaremos veinte años más votándonos los unos a los otros sin ningún resultado posible. Y con unas heridas que, entonces sí, no podrán cicatrizar.

Paso 3. Aceptar la gran renuncia

Los dos hemisferios tienen que asumir una gran renuncia, muy dolorosa en cada caso. En estos momentos, probablemente inaceptable. El hemisferio sur tiene que admitir que la indepencia es posible. Quiero decir que tiene que trazar un plan que concluya que la opción independencia es una opción. Aquélla contra la que se opondrán con todas sus fuerzas, claro, que harán lo posible (lo democráticamente posible) para impedirla. Pero debe existir un horizonte medio en el que exista un compromiso de respuesta política.

El hemisferio norte tiene que ofrecer tiempo. Debe renunciar a la república durante un período que permita dos cosas. La primera es coser las heridas y reconstruir los puentes que nos separan. La segunda es evaluar el plan B del Estado que. ahora o nunca, debe ofrecer una respuesta atractiva que disuada a una parte significativa de los catalanes de la desconexión. Parece razonable que unos y otros se den una nueva oportunidad y propongan una forma alternativa de relación, que la valoren (que la voten) y esperar que el plan funcione. Pero si el nuevo camino conduce a ninguna parte, entonces debe existir el compromiso de activar la vía independentista. En esta propuesta, todos pierden mucho y nadie gana demasiado. Es un sapo enorme, viscoso y sin depilar. Pero debemos dejar de decirnos que hay una salida facil e indolora para este laberinto. 

Paso 4. Crear una alternativa transversal

Mientras en Madrid se activa una respuesta a la crisis, aquí debemos abandonar el frentismo. Y la única forma que se me ocurre es crear una coalición contra natura entre el norte y el sur, entre partidos de arriba y abajo, y trabajar durante un tiempo con intereses comunes. Tenemos que desactivar el mecanismo del "y tú más", creando una alianza amplia entre partes que en estos momentos se consideran antagónicas. Debemos reactivar las legislaturas que trabajan por los intereses colectivos y esforzarnos por abandonar la guerra de guerrillas.

No es solo una respuesta política. Debe ser sobre todo una respuesta cívica. Hay que crear nuevas fórmulas de integración en las que los unos y los otros se sientan habitantes del mismo país. Hay que volver a construir puentes sobre el río Kwai. Y reintegrar al primo aquél en el grupo de whats app de la familia. Y volver a cenar con aquel amigo a quien hemos olvidado porque es del sur o del norte, que tanto monta o monta tanto. No veo otro destino que éste: Convertir las dos mitades en dos medias naranjas. Y volver a trabajar juntos por lo que nos une, que es casi todo.

Este es mi plan B. Sé que no le gusta un pimiento y sé además que lo considera inviable. Pero por un momento admitamos que la alternativa del frentismo nos lleva a un agujero negro. Y que ha llegado el instante de construir una alternativa. Y no exageren. En peores plazas de la historia hemos toreado.

03 de desembre 2017

El futuro del turismo: Blades Runners contra replicantes



La historia había empezado muy bien. La red estaba conectando los post-turistas con los pre-turistas y estaban compartiendo experiencias, valoraciones y críticas. Si un hotel estaba sucio o un destino era demasiado caro, los turistas escarmentados advertían a los posibles usuarios del problema. Se empezó a crear una especie de control de calidad colectivo, en el que los usuarios valoraban de forma espontánea y desinteresada. La mejor estrategia de márqueting era hacer muy bien las cosas y dejar que el boca - oreja digital propagase tus resutados. Pero la historia empezó a desviarse.

Fakes y otras especies

Al constatar el valor estratégico de las opiniones, algunos gestores decidieron intervenir no en la calidad del producto sino en las propias opiniones. Al principio eran solo valoraciones del propietario del hotel de al lado, que intentaba aupar el establecimiento repartiendo falsas críticas entre los vecinos. Esto empezó a erosionar la validez del sistema que se protegía con la ley de los grandes números: Aunque haya algún comentario tramposo, habrá tantos comentarios sinceros que su efecto será invisible.

Eso hizo crecer una guerra de guerrillas. Algunos establecimientos se rebelaron contra la tiranía de la crítica no contrastada y eso dio lugar a reacciones como las del restaurante Capritx
También se ha viralizado la respuesta del director de un hotel que tuvo que hacer frente a una crítica sobre la calidad del colchón, antes de que el hotel fuera inaugurado. La irónica valoración corrió por la red como la pólvora.
De todas formas, los usuarios han continuado valorando las opiniones en las redes porque los falsos comentaristas apenas pueden (en apariencia) alterar el volumen de valoraciones reales.

La implosión de las falsas críticas

En los últimos años, las empresas y destinos turísticos han advertido que en el negocio de las críticas se podían corregir errores con inversión. Esto es, que con una adecuada estrategia un destino mediocre o una empresa deficiente podía sobresalir en el océano de las valoraciones turísticas. Y lógicamente, los turistas han empezado a sospechar de la neutralidad de la red.

El primer indicio ha sido el boom de los blogger trips. Tras el éxito de los primeros esfuerzos honestos (pienso, por ejemplo, en los primeros blogger trips de la Costa Brava), los destinos han invertido tanto en esta estrategia que han contribuido a la emergencia de una profesión: Bloggers a sueldo. Por supuesto que aún hoy existen muchísimos blogs de viajes realizados con sentido crítico. Pero a su lado han emergido nuevos relatores que cobran las alabanzas a tanto el kilo.

Es un secreto a voces que en la red han proliferado también las empresas de falsos cometarios. Por menos de 100 euros, puedes tener más de un centenar de nuevas críticas que van a ensalzar todo lo que tú quieras: del buen servicio a las tostadas del desayuno. Es verdad que los portales han iniciado una batalla contra los falsos testimonios, pero a las empresas de comentarios les es relativamente fácil burlar los primeros filtros con un poco de paciencia y creatividad.

La era de los Blade Runners

Lo que le pasa al turismo es algo que también sufre el periodismo o la política. Si la conversación se ha hecho global, pero también anónima, es relativamente fácil crear un ejército de voces digitales que puedan interferir en la valoración de un atentado, en una carrera política o en el ránquing de los mejores hoteles de un destino. Y todo eso ahora, que estamos en la prehistoria de la inteligencia artificial. En el futuro será relativamente fácil crear comentarios sofisticados en los que no habrá captcha que pueda identificar su origen digital.

Esta tendencia nos da dos escenarios. El primero es la muerte de la red turística. Si es imposible distinguir un comentario efectivo de un comentario motivado, los turistas no tienen el más mínimo incentivo para consultar en la red cuál es el hotel más confortable o qué destino ofrece los mejores productos de turismo rural. Volveremos a la intermediación clásica y a la confianza solo en el prescriptor profesional, que se juega su reputación. El segundo es la creación de sistemas de 'blade runners' capaces de detectar tras una conversación sobre tortugas en el desierto que las pupilas no se dilatan y que, en realidad, los comentarios han sido creados por replicantes. O el sistema descubre, persigue y castiga el fraude digital, o el sistema desaparecerá como las lágrimas en la lluvia, más allá de las puertas de Tanhauser, claro.

30 d’octubre 2017

Els 7 pecats capitals del procés



Hi ha un punt en tot viatge (a Ítaca o a la Riviera Maya), on ets massa lluny de l'origen però també massa lluny de la destinació. Quan et trobes en aquell punt mig en què no hi ets enlloc, saps que necessites el mateix esforç per tornar-hi que per arribar-hi. A l'avió, quan el minúscul mapa interactiu em recorda que ja han passat tantes hores de vol com les que tens per davant, sempre acabo fent balanç. On soc. Què vull. Què he de fer. Per què carai no m'aprimo.

El procés és en aquell punt intermig exacte. Molt més lluny del que mai hauria imaginat. Massa lluny encara per veure al fons la Terra Promesa. El millor moment per mirar fer la finestra de l'avió el vol pausat dels núvols a l'horitzó i fer inventari. I, ja que hi som, el millor moment per a fer autocrítica. I a 10.000 metres d'alçada, ara que la història ens regala una treva, deixeu-me dibuixar els set pecats capitals del procés. Sí, aquest és aquell pot repel·lent que ningú no vol llegir. 

L'enveja

Catalunya no és Eslovènia ni Letònia. No som a la Guerra Freda i la Unió Soviètica és ja només una entrada de la wikipèdia. No som en el procés de descolonització del segle XIX, ni en la construcció de l'Europa contemporània. Ni Cuba, ni Finlàndia, ni Estònia, ni Croàcia. Catalunya ha volgut ser altres països en altres contextos històrics que ara son només això: història. Som en el mon del segle XXI, en una era nova, post-moderna. De fronteres toves i estats nació en crisi, d'aliances globals per a problemes col·lectius, de globalització cultural i fluxos intercontinentals. 

No es pot seguir la via eslovena. Ni l'estratègia letona. L'escenari és un altre. La independència de Catalunya només serà possible seguint el model català, un model que encara no existeix i que s'ha de crear de nou. Sense referències. 

La ira

Els processos nacionals són la construcció col·lectiva d'una societat. Això vol dir que és integrador i vinculant. Accepta l'ambigüitat, és comprensiu amb el dubte, integra la dualitat i s'eixampla pels límits. La creació de nacions és, per sobre de qualsevol altra estratègia, la creació de complicitats. El procés ha estat una dinàmica centrifugadora. Ha anat devorant totes les ambigüitats i ha anat assenyalant amb el dit qualsevol espai d'aiguabarreig. Aquest intent per preservar el 'nucli irradiador' ha despenjat del viatge a una part de la caravana, que s'ha quedat en els oasis del camí.

Per això, el procés ha estat implacable amb els dubtes dels comuns, amb les posicions dels socialistes a mig camí i fins i tot amb els propis que alçaven la veu, dels santiviles als baigets. I per això també els herois esdevenen traïdors en pocs minuts. 

L'accídia

Els processos es construeixen amb molta paciència. I amb molta feina. Les complicitats s'han de teixir amb tenacitat i esforç, amb moltes hores de treball. La declaració ha evidenciat que darrera de l'escenari no hi havia profunditat, que tot plegat era una mica un tromp d'oeil, que el decorat era de cartó pedra. Sense una feina persistent (probablement a mig termini) no hi haurà cap fruit. Ha arribat el moment d'admetre que la feina més important del procés, els reconeixements internacionals, no s'ha fet. Ni estructures d'estat ni complicitats internacionals. 

La luxúria

Aquest ha estat un moviment excessiu (luxuriós) en els carrers i en les places. Ha estat una performance espectacular, el selfie més gran del mon. I sí, els processos necessiten de la mobilització de molta gent. Els diaris del mon s'han omplert de fotografies tan grans que no cabien en els límits del paper. I hi hagut música, somriures, trobades, banderes, himnes i constància. Res a dir. Però la mobilització excessiva (luxuriosa) només pot ser el principi d'una dinàmica també política, econòmica i diplomàtica. Si l'Omplim els carrers és el principi i el fi de l'estratègia, tot plegat és tan festiu com intrascendent. 

La supèrbia

El dubte és un mecanisme dual. Portat a l'extrem paralitza i desactiva. Però l'absència de dubte, crea un relat en un sol acord que acaba despenjant-se de la realitat. Hem d'aprendre a dubtar, hem de considerar la humilitat del 'potser no'. Si es guarda al sac de l'estratègia de la por qualsevol nota a peu de pàgina respecte del relat oficial, s'acabarà creant grups de whats app (i missatges de telegram) que s'accepten com la veritat revelada. S'ha menystingut l'autocrítica, la dissonància i el dubte metòdic. 

Sempre hi havia un pla ocult, un gest audaç, un cosí que sap de bona tinta que hi ha una estratègia ben teixida que s'activarà en hores. I quan la profecia no es complia, sempre hi havia una segona versió, més il·lusionant, més desconnectada de la realitat. Aquesta és una gran lliçó: No hi haurà procés sense autocrítica ni dubte. Només hi haurà procés si en els grups de whats app, s'integren totes les veus, del cunyat apocalíptic a l'adolescent integrat.

La gula

La digestió del procés hauria de ser la d'un remugant. Es menja una mica i es paeix molt. Amb una digestió lenta, que ajudi a metabolitzar-ho tot. El procés ha estat l'àpat de Carpanta en el Set Portes. Hem passat de l'assortiment de mariscos a l'entrecotte i després al llubarro, sense solució de continuïtat. I no havíem escurat el plat d'escopinyes i ja demanàvem el carro de postres. Hem menjat amb pressa, com si no hi hagués demà, cremant etapes històriques en unes poques hores. Hem esprintat a mitja marató. Aquesta és una altra lliçó: Res ha fet més mal que aquell #TenimPressa accelerat. Entre el temps geològic i el time lapse deu haver-hi un punt intermig que no provoqui indigestions.

L'avarícia

El relat del procés ha quedat atrapat en el discurs equivocat de l'Espanya ens roba. Si es projecta la visió antipàtica que tot plegat és una qüestió de més recursos (i res més que això), el procés serà catalogat en l'inventari de nacions insolidàries, com el Veneto, com la Padània, com Bavària. De fet, un altres dels grans gaps del procés ha estat la manca de relat que descrigui les condicions del nou estat. La suma inestable de visions molt diferents ha aparcat el debat sobre com seria el nou estat. És difícil l'aventura nacional si no està unida a un relat econòmic, polític, social i cultural concret.

Som a mig camí d'una travessia molt llarga. A temps encara de retornar al port de partida o amb queviures per aguantar un temps més. És un bon moment per admetre els errors del procés. Probablement, només serà viable l'opció inversa: Un moviment basat en una via pròpia, de caràcter integrador, amb una tasca persistent a mig termini, amb més política que carrer, oberta a la crítica externa i interna, de digestió lenta i capaç de construir un relat vinculant. Més o menys. 

16 d’octubre 2017

Riure



Tenim un excés de solemnitat. Patim sobredosi de moments històrics. Obres el twitter i sents de fons una fuga de Bach. Mires les notícies i tothom té cara de pomes agres i mira l’infinit i més enllà. Un dels indicadors més fiables de la gravetat de la situació és la quantitat d’esdrúixoles que s’empren. Tantes que aviat començarem a dir Catàlunya, Júnqueras o Fòrcadell (Fòrradell si ets en Vargas Llosa). 

Diu l’Scott Weems que l’única manera d’afrontar la tensió de l’existència és amb l’humor. De fet, l’humor és la resposta natural al conflicte. Riure és un procés que esdevé de la batalla entre els sentiments i els pensaments. També diu, per cert, que els acudits més divertits tenen exactament 103 paraules (en anglès), que l’animal més graciós és l’ànec o que el dia més divertit del mes és el dia 15. Hem de saber riure’ns primer de nosaltres mateixos i, després, de tot una mica. Som un breu lapse de temps en el rellotge de la humanitat, que és un segon en la història de l’Univers. Som una nota a peu de pàgina. No ens prenem res, ni a nosaltres mateixos, massa seriosament. 

Ens hem de riure més de tot això. Riure’ns per exemple de les cares dels consellers que acompanyen el President en una declaració solemne i especialment de les seves mans. No saben què fer-ne i els veus allà com dos braços orfes enganxats a un cos. Riure’ns també de la desaparició de Soraya després d’una declaració, com si fos Joi a Blade Runner 2049. Riure’ns de les espardenyes dels mossos d’esquadra, del pentinat del President, de les celles del Millo, dels tweets del Rufian o de l’estètica hípster de Rajoy. Riure’ns del whats app que m’ha passat l’amiga d’una cunyada que em diu que el cosí de Merckel creu que la independència esdevindrà un dimarts. I dels cops de porra dels policies?, em direu. Doncs més que amb cap altra cosa: L’humor és l’antídot més eficaç contra la violència. 

Així que aquest és el meu prec. Sigueu solemnes, remarqueu el sentit històric de cada cinc minuts, emprenyeu-vos i mireu a l’infinit i més enllà. D’acord. Però de tant en tant, recordeu que tot plegat és un xic absurd, un punt graciós, un pèl grotesc. I no deixeu d’omplir els vostres murs d’ànecs, com a mínim cada dia 15 dia de mes. Igual un dia obro el twitter i ja no sento més bachs, sinó aquella banda sonora eterna d’en Benny Hill donant calbots a qui li envolta.

27 de setembre 2017

España no existe. Y Cataluña, tampoco.


Me hubiera gustado escribir un texto con el que todos estuvieran de acuerdo. El taxidermista de Cuenca y la viuda octogenaria de Cardona. Y escribirlo antes de la tormenta perfecta. Pero creo que voy a optar por el camino contrario: Voy a escribir un texto con el que nadie esté de acuerdo. Ni yo mismo, me parece.

Llevamos semanas hablando de España y de Cataluña. Y, me van a perdonar, España no existe. Sí, ya lo sé, existe un estado, unos límites, una geografía, el DNI, bla, bla, bla. Pero España no es un sujeto. No se puede hablar con España, ni se puede negociar con España, ni se puede uno ir de copas con España. Eso es una prosopopeya y funciona como figura retórica, pero en la vida real no tiene ningún sentido. 

Tampoco hay nada parecido a los españoles. Crecí en una familia numerosa (de las de antes, que ahora ya llamamos numerosa a cualquier cosa) y allí en medio aprendí muchas cosas, pero tal vez la más importante es que los seres humanos somos muy diferentes. Deliciosamente diferentes, diría. En mi familia, seis individuos que compartían el mismo código genético, que habían recibido la misma educación, habían ido a las mismas escuelas y además se pasaban el día interactuando entre sí éramos más dispares que los copos de nieve al microscopio. A donde quiero ir a parar es a este punto inicial: Somos extraordinariamente diferentes, complejos y cambiantes. Cada individuo es una sopa de bacterias andante llena de matices, singularidades y sueños. Imagínense más de 40 millones de individuos.

Los españoles no son de ninguna manera, ni piensan de ninguna manera. La taxista lesbiana del centro de Sevilla con ganas de retirarse e irse a vivir a su casita de Estepona no es el abuelo de Béjar que empieza a perder la memoria, pero ha decidido ocultárselo a sus hijos. Cada persona piensa de una forma personal e intrasnferible; y además, cambia de opinión si está enfadado porque la grúa se llevó su coche o exultante porque la hija menor encontró trabajo. Las personas dudan, sueñan y mutan cada hora por más que quieran mantener la ficción de unas ideas inamovibles. Somos un barco de papel a la deriva, pero nos gusta creer que manejamos el timón.

Tampoco existe Cataluña, así majestática. Ni los catalanes. Los catalanes no somos de ninguna manera, porque no hay ninguna frase por larga que la queramos hacer que nos resuma. No cabemos en ninguna sentencia. Tomas veinte catalanes al azar y te encuentras de todo, del payaso amateur que pasa sus tardes en el hospital infantil y llora en silencio cuando se despide de Arnau para siempre, al farmacéutico huraño que odia a todo el vecindario. No hay formar de contener tantas biografías, tantos sueños rotos, tantas despedidas en el tren en una frase ingeniosa. Somos, sospecho que como los uzbekos, como los tasmanos o como los porteños, escandalosamente diferentes. 

Por eso, no es posible amar a España ni odiar a Cataluña. Me cuesta sentir simpatía por ese jefe que nunca paga un salario justo y que cruza a diario la frontera del respeto, ya sabéis a quién me refiero. Y, en cambio, admiro profundamente al viejo profesor que está enseñando a leer y a escribir a los senegales del barrio. Sé que de tan obvio suena naíf, incluso demagógico. Pero por más que me esfuerce no puedo querer un país entero; ni odiar a su vecino. De hecho, cuando los sujetos anónimos cobran forma y nos acercamos a su biografía, a su vida cotidiana, a su miedo permanente, nos cuesta mucho más sentir desprecio. Ponga dos antagonistas en una cena larga, de asado y vino tinto, y sin poder evitarlo a las dos horas empezarán a construir puentes invisibles. 

Acabo. No tengo ninguna receta, ni tengo la más mínima idea de dónde acabaremos. Y por supuesto me voy a abstener de recomendarles nada. Pero puestos a pedir, déjenme pedir una cosa. Dejen de insultar a los catalanes, y no solo porque insultan si saberlo a mis hijos, a mis amigos, a mis compañeros, a mi familia, y a mi mismo, que también. Dejen de hacerlo porque es absurdo, simplista y un tanto xenófobo, reducir más de siete millones de almas a un idea concreta. Y si no es mucho pedir, dejen de insultar a los españoles, y no solo porque insultan sin saberlo a mis primos, a mis tíos, a la memoria de mi infancia, o a mis amigos, que también. Dejen de hacerlo porque ignoran la diversidad casi caleodoscópica de más de cuarenta millones de personas. 

Esto es un encontronazo brusco, infame, entre gobiernos. Una terrible colisión de legitimidades. Ni quiero ni puedo restar un ápice de dramatismo y de indignación por esta batalla mezquina. Y, es verdad, ya no cabe la equidistancia. Pero varados cada uno en su posición, quiero recordar que no es posible construir un país sobre la base del desprecio a los otros, y aún menos posible intentar mantener la cohesión de un país a partir del desprecio a los que desean partir. Sea cual sea el resultado, recuerden que al final España no existe. Y Cataluña, tampoco. 


*Ilustración de Elisa Munsó

26 d’agost 2017

Entreguen las freidoras



Port Aventura es un prodigioso artefacto de ocio. Admito todas las críticas que quieran incorporar: el kistch, la banalidad, la masificación... Pero por más que uno quiera agudizar el sentido crítico, no puede evitar la fascinación por este complejo de diversión, creado con una intención muy loable: Que los visitantes se lo pasen bien. Y si hubieran seguido la carrera exultante de Francesco durante horas, habrían concluído que el parque logró sin ningún género de dudas hacerle muy feliz. Hago este preámbulo para que no malinterpreten mi crítica. Me gustan los parques temáticos y me gusta Port Aventura.

Las atracciones de Port Aventura son excepcionales y la ambientación es sobresaliente. Es verdad que el tono decae con los espectáculos, pero aún es posible encontrar alguna obra más que digna. Sin embargo, todo se tiñe de negro cuando vamos a comer. El menú infantil son unos macarrones demasiado cocidos y nada escurridos con una salsa de tomate en conserva a granel. Mi plato es una mezcla imposible de verduras mal cocinadas y carne plastificada. Creo que hay cárceles en Bolivia donde se come mejor que en el parque. No se salvó nada. Los bocadillos, los postres, las bebidas tenían la dignidad de un compejo turístico soviético antes de la caída del muro. Bueno, y después también. Y no puedo entender cómo un espacio que logra niveles de excelencia en el diseño del ocio puede caer tan bajo en algo tan simple como es la cocina.

Port Aventura no es un caso aislado. Hay parques acuáticos, centros comerciales, paseos marítimos, estaciones de Renfe y ciudades turísticas enteras que se esfuerzan por hacerlo mal. Canelones congelados, ensaladas de bolsa, carne con sabor a neumático usado, pan que no es pan, pizzas como los relojes de Dalí, zumos de naranja que huelen a detergente, cafés que tumbarían al mismísimo Chuck Norris, medallones de merluza enharinados para disimular su triste condición... Hay un catálogo casi infinito de menús que tendrían que estar tipificados en el código penal. De hecho, deberían estar prohibidos por la Convención de Ginebra. 

¿Qué nos está pasando?. Además de los grandes restaurantes, el país está lleno de restaurantes medios  de una calidad indudable. Son profesionales que quieren a su profesión. Y les gusta que guste lo que hacen, como a casi todo el mundo. Los hay que innovan, que se arriesgan, y los hay que juegan sobre seguro. Pero justo al otro lado de la calle, la hilera de restaurantes turísticos odian su profesión, odian la cocina y es posible que odien a la humanidad. No es una cuestión de costes. Se puede hacer un gazpacho, un arroz de verduras, unas lentejas, unas alubias con almejas, una escalivada, un empedrat, un salmorejo, un cocido o una coca de recapta por casi nada. Eso sí: Hay que escoger buenas materias primas, hay que saber cocinar y hay que dedicar un cierto tiempo. No digo que cocinen como mi madre, pero vaya, que sepan hacer unos canelones con gusto a canelones. 

En ningún otro servicio toleraríamos este infranivel. No admitiríamos que el peluquero nos dejase el pelo como una mofeta en celo; a no ser que fuéramos un jugador de fútbol, claro. Los conductores de autobuses no se equivocan de recorrido y te dejan en Ciudad Real cuando querías ir a Murcia. El quiosquero te guarda el periódico cada sábado. Y el profesor de salsa no logra que bailes salsa, pero consigue que creas que bailas salsa, lo cual tiene mucho más mérito. En general, los pintores pintan, los instructores instruyen, los médicos medican y los arponeros arponean. ¿Por qué hay cocineros que no cocinan?. ¿Por qué existen restaurantes con peor comida que un piso de estudiantes de ingeniería informática?. ¿Cuándo dejamos que pasara esto?.

Afrontémoslo: El rey está desnudo. Lo de Port Aventura no es una excepción. Hay demasiados restaurantes en lugares concurridos, hay demasiados restaurantes en lugares turísticos, que son excepcionalmente malos. Que son malos con nocturnidad y alevosía, señoría. Sin atenuantes, pero con muchos conservantes y colorantes. Son tan malos que debe haber algo sitio clandestino donde les enseñan a hacerlo tan mal, porque eso de forma espontánea no sale así. Hay demasiados restaurantes que dañan irreversiblemente la imagen del lugar donde se ubican. Y dañan también el hígado y el intestino delgado. Hay países donde en casi todos los lugares se come razonablemente bien. Aquí, llegó el momento de decirlo, se come muy bien y también se come muy mal. Y en la vida llega un momento en que tienes que escoger. Todos a una: Restaurantes pésimos, ríndanse. Y entreguen las freidoras y la harina de rebozar. 

14 d’agost 2017

Estrategia II. Contra la ciudad dual


Toca hacer balance. El turismo no es el mecanismo que ha desencadenado la muerte de la ciudad. Por eso, los mismos problemas que tiene Barcelona los tienen ciudades con turistas y sin turistas. Es la movilidad de personas hacia las ciudades globales lo que tensiona las ciudades diseñadas para un hinterland mucho menor. La respuesta más aparente en la extensión de la ciudad hacia la corona metropolitana. Solo una gestión inteligente podrá evitar que la ampliación de la geografía del turismo de Barcelona no acabe en una expulsión hacia la periferia de la oferta de bajo precio, mientras que el centro se colapsa por la ausencia de competencia. Lo bueno de este escenario es que ni promete una solución mágica ni se rinde ante un apocalipsis inevitable: Traslada a la gestión la responsabilidad del éxito de la ciudad.

Hoy les propongo la segunda vía estratégica para la ciudad global: El combate contra la ciudad dual. El principal problema de las ciudades contemporáneas no es la congestión. Vamos hacia un mundo de megalópolis, de barrios gigantescos y de extrema movilidad interna. Las grandes ciudades son enormes imanes de personas y ello va a crear polaridades. Lo lógico en las ciudades globales será su densidad. Y por eso, las ciudades globales deben poner en el primer lugar de su agenda la gestión del transporte interno: La expulsión de los coches, la apuesta radical por el sistema de transporte público, el uso masivo de la bicicleta y los desplazamientos a pie, la creación de modelos intermodales... Pero eso es otra historia. Déjenme tan solo reiterar que las ciudades globales se llenan de personas que acuden a festivales, que se manifiestan por un mundo mejor, que disfrutan de grandes acontecimientos deportivos, que acuden al reclamo de grandes ofertas de ocio, que cierran un acuerdo de compra - venta o que reclaman la independencia en la Diagonal. 

La ciudad mediterránea

Simplificando (simplificando mucho, lo admito), la planificación urbana se mueve entre dos tensiones: A un extremo, la especialización y al otro lado, la superposición. En ese juego, hay quien propone que la ciudad funciona mejor si organizamos los usos en áreas: Aquí la industria pesada; allá el espacio urbano de rentas medias; por aquí, la calle comercial; y al fondo, los equipamientos culturales. Al otro lado del péndulo, otros proponen que en cada barrio haya un poco de todo, que se mezclen usos, actividades y (atención) niveles de renta. La ciudad mediterránea es, en buena manera, un artefacto de convivencias entre actividades muy diversas. Que usos diferentes convivan en un mismo espacio crea problemas: La pequeña fábrica emite ruidos, los bajos comerciales impiden su uso residencial, los hipsters del teatro asustan a las señoras que se reúnen para jugar al cinquillo y las familias paquistaníes rezan en un garaje, mientras la iglesia del barrio casi está vacía. 

La principal virtud de los modelos de superposición es la convivencia y, por tanto, el incremento de las posibilidades de interacción. Cuando rentas, culturas, edades y actividades diferentes comparten un mismo escenario es más fácil que nazcan relaciones binarias entre individuos, empresas, iniciativas o sistemas culturales. La ciudad es más fértil porque existe un constante encuentro entre diferentes. Los barrios uniformes (usos, rentas, culturas) reducen la interacción. Y esta es esencialmente la principal virtud de las ciudades contemporáneas: La oportunidad de enlazar sistemas diversos. Por eso, el problema de la gentrificación es la creación de un espacio uniforme que expulsa el resto de niveles de renta, y probablemente también, el resto de sistemas culturales y actividades económicas. Podíamos aceptar la siguiente sentencia: La ciudad tendría que tender a la maximización de la mezcla entre (a) usos, (b) actividades, (c) niveles de renta y (d) perfiles sociodemográficos. 

El espacio turístico

El espacio turístico tiende a crear áreas de concentración, bien en torno a los elementos de atracción bien en las áreas donde se sitúan los servicios. Primero es un hotel cerca del Palacio; luego es un restaurante, y otro hotel, y los primeros comercios, y la oficina de turismo o los primeros apartamentos. Poco a poco, se crea lo que McCannell llamó el frente turístico (front), en el que tiene lugar la actividad de los turistas; fuera de ese perímetro, el dorso (back) se mantiene lejos de la mirada voyeurista de turista. La tendencia más habitual en la construcción de los espacios turísticos es la creación de un espacio dual, que diferencia el espacio de los turistas y el espacio de los residentes. Hay zonas que incluso se planificaron en esta lógica: El plan que dio lugar a la actual Cancún diferenciaba la línea de costa para uso turístico y la zona reservada para la creación de una nueva ciudad, solo para residentes. 

El problema del espacio dual no es la "tematización" de una parte de la ciudad. Tampoco es (como se repite hasta la saciedad) la gentrificación de los barrios; en otro post intentaré rebatir el argumento de que el turismo crea gentrificación. El principal problema de la concentración turística es que atenta contra el principio básico de la ciudad mediterránea, que es la mezcla y la interacción. Llevado a su extremo, la ciudad dual crea dos universos paralelos que no están conectados por ningún enlace, de manera que en la práctica son dos ciudades independientes. No hay nada de lo que ocurre en una parte que afecte a la otra. Este es el principal combate que deben librar las ciudades contemporáneas: La eliminación de las fronteras invisibles entre la ciudad turística y la ciudad no turística.

Bus turístico y HUTs

Como esto está quedando muy teórico, déjenme bajar a la arena de la vida cotidiana. Les voy a poner dos ejemplos de sistemas duales, que deberíamos replantearnos si queremos favorecer los conectores entre los diversos de la ciudad: El autobús turístico y la legislación sobre 'habitatges d'ús turístic'. 

El autobús turístico parece una gran idea y, en cierta manera, lo es. Permite optimizar los desplazamientos de los turistas desde un nodo hasta otro sin necesidad de recorrer espacios neutros. Los turistas pueden ir del Park Güell al Gòtic y de allí hasta el Anillo Olímpico, sin entrar apenas en contacto con la 'otra Barcelona'. Lo que hemos hecho es crear un sistema dual, en el que los 'locales' se desplazan por una red de transporte y los turistas por otra. En realidad tendríamos que tener una sola red de transporte, por dos razones bastante obvias. La más lógica es que si incrementamos los usuarios podemos mejorar la eficiencia: Cuanta mayor masa crítica, más posibilidades de nuevos trenes, nuevas estaciones, o nuevos autobuses. La ciudad desaprovecha los más de 100 millones de desplazamientos anuales internos que realizan los turistas. La segunda es que el uso del sistema de transporte local exige al turista entrar en el escenario de la vida cotidiana de la ciudad. Hagestrand llamó a estos lugares de encuentro 'estaciones' en su modelo espacio - temporal. Y esa es la idea: La ciudad necesita estaciones.

Ocurre algo similar con la legislación actual de las HUT en Cataluña. La normativa no permite que se ofrezca una habitación, porque solo puede ser rentada la vivienda en su totalidad. Que turistas y residentes convivan durante unos días en el mismo techo tendría que ser una forma de eliminar el sistema dual del turismo. De igual forma, parece un error que la normativa obligue a que el conjunto del edificio en que se ofrecen un HUT se especialice en ese uso. Lo mejor sería que en la vivienda conviviesen usos diferentes. ¿Que crea conflictos?. Sí, es el peaje de la superposición. Pero la zonificación es (creo) una alternativa no deseable. 

Contra el sistema dual del turismo

La segunda estrategia de las ciudades globales es la creación de un escenario de convivencia entre usos, actividades, niveles de renta y perfiles sociodemográficos. Y no se trata solo de justicia social y equilibrio territorial, que también. Es una forma de fomentar la interacción entre diferentes, de propiciar de forma constante contrastes entre modelos. La ciudad global funciona más como una jam session que como un acorde que se repite de forma monótona. Traducido al turismo, la ciudad debería combatir la especialización funcional y la tendencia del turismo a crear frentes que desalojan el resto de las actividades. Las ciudades globales deben librar la batalla contra la ciudad dual. 

Si operamos en la escala micro, el objetivo es la creación de múltiples 'estaciones' en el sentido que le da Hägerstrand. Son lugares en los que coinciden los diversos usuarios de la ciudad. Son algunas plazas, las manifestaciones a favor de los refugiados, los festivales de música, los skaters del MACBA (que ha estudiado Paolo Russo), la playa, los centros comerciales, el aeropuerto, algunos restaurantes, el Liceu, el zoo, el metro... Y hay que evitar los espacios que disocian la experiencia de los locales (diversos y plurales, recordemos) y la experiencia de los turistas. Cuando un museo como el Picasso es usado de forma casi exclusiva por turistas, se convierte en un mecanismo del sistema dual y pasa a ser un elemento externo a la propia ciudad. Por eso tenía razón su antiguo director cuando proponía horarios y actividades de uso preferente por los locales. Y bajo esta perspectiva se entiende mucho mejor el celo que tienen en el Celler de Can Roca por garantizar que una parte de los comensales de cada servicio sean 'locales', a pesar del alud de demandas que le llegan de todos los rincones del mundo. El Celler no podría existir sin turismo; pero los hermanos Roca no quieren crear un espacio turístico. 

Si operamos en la escala macro, el objetivo es una planificación urbana que fomente la diversidad de usos en los barrios, que ataque la especialización turística, que fomente usos secundarios en todas las capas de la ciudad, que fije usos residenciales de niveles de renta diversos (que no es lo mismo que fijar residentes) y en definitiva, que mantenga una lógica de mixtura de usos y umbrales máximos. Se trata de crear un cierto equilibrio entre fuerzas, para lograr que los diversos usuarios de la ciudad (inmigrantes, estudiantes, turistas, emprendedores) se repitan en los diversos escenarios de la ciudad. Si lo reducimos todo a la planificación urbana (como los planes de usos), el resultado será desastroso. Debe existir una cultura urbana de interacción, que fomente el encuentro entre individuos diversos en un mismo espacio. Eso afecta desde la programación cultural a las iniciativas empresariales o la localización de los equipamients públicos. 

Contra la ciudad de los residentes

No hay nada más tóxico para una ciudad que la creación de un espacio de monocultivo turístico. Cuando las actividades turísticas invaden la práctica totalidad de un espacio urbano lo anulan. Lo convierte en un frente turístico en el que tiene lugar una experiencia solo para turistas. Evitan que residentes y turistas coincidan en un mismo espacio. Anula la creación de 'estaciones'. Impide el aprovechamiento de la presencia de turistas para mejorar la ciudad y ganar densidades. Y, en definitiva, desprovee a la ciudad de su materia prima esencial que es el residente.

Pero al otro lado de la balanza, que las actividades turísticas sean expulsadas del espacio urbano no es combatir el espacio dual. Que los turistas coincidan en los espacios de los no turistas es necesario. Es uno de los grandes retos de las ciudades globales: la interacción entre estudiantes, residentes, residentes temporales, inmigrantes, emprendedores... y turistas . Que haya turistas en la Boquería e, incluso, que algunas paradas ofrezcan productos para turistas es mejor que peor. El problema nace si la turistificación del Mercado lo anula y lo convierte en una atracción. Pero la solución no es la desturistificación del mercado, sino la gestión inteligente. Lo turistas en el Park Güell, en las Ramblas, en el Picasso o en la playa de la Barceloneta pueden ser la anulación de la vida local o una oportunidad para la interacción. Eso son las ciudades de superposición: Una tensión entre perjuicios y beneficios, basada en la gestión del espacio.

En resumen, las ciudades globales combaten la especialización turística. Evitan que proliferen los barrios turísticos, escenarios vacíos de residentes, que viven lejos, en el back. Pero eso no quiere decir que las ciudades globales combatan el turismo. Al contrario, las ciudades de superposición (usos, actividades, rentas y perfiles) propician el encuentro entre los diferentes usuarios del espacio urbano. Crean y mantienen 'estaciones' de relación entre diferentes e incentivan una cultura de intercambio. Es un terreno inestable y frágil. Y seguramente por ello, fértil y creativo. 

10 d’agost 2017

Estrategia I. La dimensión metropolitana



Si entran en el portal turístico de Londres verán que además de glosar las excelencias de la capital inglesa, nos proponen excursiones de un día: Nos sugieren Bath, Oxford, Stonehenge... y París. Si después de unos días en la ciudad del Támesis, la visita se les queda pequeña, pueden visitar un bonito pueblo del extrarradio de Londres, donde comen croisants y mucho queso. En el momento en el que Londres 'vende' París como parte de su oferta, los límites clásicos de los destinos turísticos se dinamitan.

Planteemos nuevamente el problema de inicio: Crece la demanda de usuarios sobre la ciudad (inmigrantes, emprendedores, estudiantes o turistas), una ciudad que tiene unas dimensiones muy reducidas. El  desequilibrio entre una demanda creciente y una oferta estable genera una presión con efectos ya conocidos: expulsión de los residentes, gentrificación, congestión... Si planteamos la hipótesis de una ciudad global, la demanda tenderá a crecer y, por lo tanto, si no hacemos nada, los problemas se agudizarán. La primera solución parece bastante evidente. Si cambiamos de escala e incorporamos el Área Metropolitana en el terreno de juego del turismo, la tensión sobre los espacios turísticos actuales (en esencia, Ciutat Vella, Eixample y una parte de Sant Martí) se reducirá.

El escenario pesimista

Integrar el área metropolitana en el escenario turístico parece una buena respuesta. Además es consecuente con el proceso histórico de la ciudad, que ha ido expulsando de forma progresiva determinados usos al espacio metropolitano: las explotaciones agrícolas, la industria pesada, una parte de la industria ligera, la logística y el puerto, y una parte de los servicios (hospitales, universidades...). TV3 está en Sant Joan Despí, el Circuit en Montmeló, el Archivo de Cataluña en Sant Cugat, la Fira en L'Hospitalet y el campo del Espanyol en Cornellà.

Pero proclamar la metropolinización del turismo es mas fácil que llevarla a cabo. El escenario más probable si no hacemos nada será más o menos este: Una parte de la nueva planta hotelera y de los nuevos HUTs se desplazarán hacia la corona metropolitana, que compensarán la distancia con la política de precios. Se dispersará solo la oferta de bajo precio. La localización preferente de estos esblecimientos será perirubana, cerca de los ejes de transporte que conecten rápidamente con el centro de Barcelona. La relación entre los turistas y las ciudades metropolitanas será nula. Por su parte, la ciudad habrá expulsado una parte de la oferta de alojamiento, pero los desplazamientos diarios atraerán a todos los turistas diseminados por el espacio metropolitano hacia los nodos de la ciudad. Barcelona sufrirá los mismos efectos que Venecia: El Lido concentra una parte significativa del alojamiento, pero el flujo de turistas diario satura inevitablemente la ciudad durante todo el día. En la ciudad, el PEUAT eliminará el efecto de la competencia. Los hoteles saben que tendrán clientes porque no hay nuevos hoteles que puedan castigar sus puntos débiles. La tendencia natural será un progresivo encarecimiento del precio de los hoteles en el centro y una disminución de la calidad de la oferta (menor en los hoteles de cadena, que no querrán comprometer la imagen de marca). 

Este escenario se puede resumir en dos ideas fuerza: Primero, la expansión hacia el Área Metropolitana ocurrirá de forma inevitable; de hecho, ya está ocurriendo ahora mientras miramos los turistas de la Barceloneta. Segundo, si la desconcentración se lleva a cabo sin ningún tipo de intervención, el resultado no mejorará necesariamente la situación actual. Por eso, más que abogar por la metropolinización del turismo en Barcelona, deberíamos planificar el cambio de escala. Deberíamos contemplar al menos cinco estrategias: la redacción de un plan turístico metropolitano, la creación de densidades turísticas, la especialización funcional, la potenciación de experiencias turísticas metropolitanas y la re-localización periférica.

Plan metropolitano

Ningún plan va a funcionar si no opera a escala metropolitana. Si los flujos, la red de transporte, las dinámicas inmobiliarias y la misma logística turística tiene una dimensión metropolitana, los planes no pueden ser solo municipales. Esta es la mayor debilidad del reciente PEUAT: Decide qué hacer en Barcelona, pero no interviene (porque no puede hacerlo) en la primera y la segunda corona. El AMB necesita con urgencia un plan turístico metropolitano, que fije dinámicas, procesos y reequilibrios a corto, medio y largo plazo.

Densidades

Una de las necesidades del plan es crear concentraciones de oferta. Primero, oferta de alojamiento y después, el resto de la oferta. Si la planta hotelera se dispersa en el conjunto del área, no existirán densidades que creen ofertas de soporte. Es bueno que algunas ciudades concentren muchos hoteles y otras no tengan ninguna actividad turística. Solo cuando el número de hoteles es suficientemente amplio, cobra sentido la creación de otras ofertas (restauración, ocio y, al final, oferta cultural y recreativa) dirigida a los turistas. Y ese es el principal antídoto contra la fuerza de atracción de Barcelona. Sin densidades, los hoteles diseminados por todo el territorio, serán hoteles dormitorio que potenciarán la congestión del centro de Barcelona.

Especialización funcional

La apuesta metropolitana es (como casi todas las apuestas de los destinos) una apuesta a medio y largo plazo. El objetivo es construir identidades complementarias a la imagen de Barcelona, que tengan capacidad de atracción de una parte de la actividad turística. Hay que saber que la fuerza centrípeta de la capital será inevitable y que estas medidas actúan como mecanismos de compensación parcial, pero nunca como sustitutos.

Las estrategias de especialización funcional son una de las prioridades del plan, pero me atrevo a sugerir cuatro ejes: La especialización litoral (Viladecans - Gavà - Castelldefels al sur y Bajo Maresme  en el norte), las polaridades urbanas secundarias (L'Hospitalet, Sabadell y Badalona), los núcleos históricos (Sant Boi de Llobregat / Colònia Güell y Sant Cugat) y el eje natural y balneario. No todas van a funcionar, pero es importante que las estrategias de desconcentración tengan personalidad y construyan alternativas viables a medio plazo a la atracción de Barcelona.

Experiencias turisticas

Además de atractores de nuevos hoteles, de apartamentos o de restauración, el gran objetivo es que el área metropolitana consiga también ofrecer experiencias turísticas que descongestionen la presión sobre el centro de Barcelona. Recorridos en bicicleta por el parque agrario, conciertos alternativos, turismo creativo, birdwatching en el delta, cursos de vela, senderismo en el Garraf... Solo cuando en el Área Metropolitana "pasen cosas" la redistribución turística cobrará sentido. La demanda creciente de experiencias juega a favor de este proceso, pero no será fácil compensar la atracción del escenario Barcelona.

Re-localización

Finalmente, se trata de impregnar la dimensión metropolitana en todas las decisiones futuras sobre el turismo de la ciudad. El objetivo es asumir que el nuevo escenario de la actividad turística es el conjunto del área, no como una alternativa (un plan B) a la mixomatosis de Barcelona, sino como una verdadera lógica territorial. Eso se entiende mejor con algunos ejemplos: El Sónar en Sabadell, el Picasso en Sant Cugat, el Godó en Badalona, l'Hermitage en Terrassa, el Primavera Sound en Sant Boi de Llobregat...

El cambio de escala es la apuesta más solvente a la congestión del centro en un escenario de nuevas movilidades, cuando Barcelona se ha incorporado a la liga de las ciudades globales. Integrar el área metropolitana asegura rebajar la presión en el centro y permite diversificar la imagen de la ciudad, con muchos más acentos que los que ofrece actualmente. Pero solo con acciones inteligentes de valorización de las coronas que rodean la ciudad, será posible que este proceso supere el escenario de la descentralización de la oferta mediocre. Y lógicamente, algunas de estas dinámicas ayudarían también a reforzar ciudades intermedias del Área Metropolitana no solo en su estrategia turística, sino en la propia estrategia de ciudad. Si Londres ya vende París, la Barcelona turística no puede quedar encerrada en el perímetro del Ensanche de Cerdà. 

08 d’agost 2017

It's mobility, stupid (and It is not tourism)


Imaginemos un relojero que mira el sistema de ruedecillas que hacen girar las manecillas. Con su inmensa lupa en uno de sus ojos, comprueba que cada elemento del engranaje funcione, y si hay alguno deteriorado lo sustituye por otro. Pero todos los relojeros saben que, finalmente, la magia del reloj reside en la relación entre las piezas. Siempre debe ver el sistema en su conjunto.

Me temo que en el debate sobre el turismo, estamos mirando una de las ruedecillas del mecanismo. Por eso, la mejor forma de entender el turismo en las grandes ciudades es dejar de hablar de turismo y ver el sistema en su conjunto. La tesis que intentaré defender es la siguiente: La tensión de las ciudades contemporáneas no es la presión que genera el turismo, sino el cambio de escala de su área de atracción. Lo cual no resuelve el problema, pero sí lo traslada de campo de juego.

Ciudades

Una ciudad es la tensión entre dos sistemas: Por un lado, el sistema local, integrado por los ciudadanos, que la diseñan, la viven, la sufren, la construyen y la sueñan. Por otro, una ciudad es un sistema de relaciones entre un nodo y su espacio de atracción (el hinterland). Las ciudades existen porque atraen y concentran. De manera que no hay ciudad sin ciudadanos, pero tampoco hay ciudad sin movimiento. Esta tensión es inestable, pero como muchos de los sistemas frágiles, seguramente esta inestabilidad es la que permite su dinamismo. Es en la resolución del conflicto entre intra muros y extra muros que se definen las ciudades a lo largo de la historia. También ahora. 

La historia de las ciudades ha sido la historia del crecimiento de su hinterland. A medida que ha avanzado la historia, las ciudades han pasado de relacionarse con su espacio más inmediato a ser la sede de condados y reinos, para después conectarse con el proyecto de estado - nación y más tarde ser los centros neurálgicos de regiones transnacionales. Hoy, con más intensidad que en ningún otro momento de la historia, algunas de las ciudades han creado un hinterland intercontinental. Son ciudades globales, cuya capacidad de atracción se extiende a todos los rincones del Planeta. La mayor parte de ellas llevan siglos instaladas en la parte más alta del sistema mundial de ciudades: Londres, París, Nueva York, Moscú, Tokio... Otras han surgido del anonimato de forma casi espontánea, como setas tras un aguacero. Y eso es, más o menos, Barcelona hoy.

Movilidad

La principal característica de las ciudades globales contemporáneas no es su dimensión global. Probablemente. el Londres del XIX, el París del XVIII, la Venecia del XIV o la Constantinopla del XII también tenían una lógica universal. El segundo elemento que las caracteriza es la capacidad efectiva de los individuos de desplazarse físicamente hasta estos centros de gravedad. No se trata solo de polos de atracción (y de difusión) de mercancías y de ideas: Son también grandes 'hubs' de personas. Y eso es así porque estamos inmersos en la era de la movilidad, como describe con acierto Urry.

Las ciudades no solo adquieren una dimensión global, sino que su capacidad de atracción incluye de forma masiva también a las personas. Las ciudades globales son ciudades imanes de millones desplazamientos individuales. Como explica Urry, 'desplazarse a' se ha convertido en una forma contemporánea de definirnos: Somos donde estamos (y donde no estamos). La geografía define nuestra biografía. Dónde vivimos, dónde trabajamos, dónde estudian nuestros hijos, dónde asistimos a un congreso o dónde pasamos un fin de semana son decisiones capitales en la configuración de las identidades personales contemporáneas. Por eso las ciudades globales se tensionan más que nunca ante la absorción de flujos permanentes (los menos) y efímeros (la mayoría) de personas. 

¿Quiénes son los nuevos usuarios de las ciudades globales?. En primer lugar, son los inmigrantes, que acuden al reclamo del éxito de la ciudad para proyectar el sueño de una vida mejor. Nada nuevo en la historia de las ciudades. En segundo lugar, y esto sí es inédito, son los residentes temporales, personas que se desplazan para trabajar (o no) durante una estancia prolongada, aunque no permanente. La ciudad no es un proyecto de futuro, sino una experiencia vital presente. Investigadores que hacen una estancia, jóvenes que quieren vivir la intensidad de una ciudad cosmopolita, jubilados atraídos por la luz urbana... Son residentes, pero no tienen la intención de residir. Aunque tal vez lo hagan. En tercer lugar, son los emprendedores, aquellos que vienen atraídos por la capacidad económica de la ciudad y que podrían iniciar su negocio en cualquier otro lugar, pero presienten que este es el espacio ideal. En cuarto lugar, son los estudiantes que vinculan el prestigio de la ciudad con el prestigio de los centros educativos. Nunca antes se conoció un sistema de formación tan abierto y conectado. En quinto lugar, son las personas que asisten a congresos, exhibiciones, ferias o eventos que se realizan en la ciudad, precisamente en esa ciudad porque su prestigio impregna el éxito del propio congreso o del evento. También, por supuesto, los turistas, diversos, complejos y divididos en clústers o grupos muy diferenciados entre sí; de hecho, algunos de los colectivos anteriores son de facto turistas. Están los que usan la ciudad porque sus dimensiones permiten acceder a servicios centrales, como los sanitarios, los comerciales o los culturales. Y finalmente, usan la ciudad los residentes en la isocrona de las dos horas, que se desplazan por unas horas para vivir alguna de las dimensiones de la ciudad.

Como he explicado en otras ocasiones, la dicotomía entre ciudad turística y ciudad productiva es falsa. En la constelación de ciudades contemporáneas, el éxito de las ciudades depende de su capacidad de atracción no solo de mercancías y de ideas: También de personas. La dicotomía real es ciudades atractivas versus ciudades invisibles. Y no es muy fácil discriminar qué tipo de flujo queremos, como por ejemplo sí al World Mobile Congress, la Agencia Europea del Medicamento o los estudiantes de másters internacionales pero no a los turistas que fotografían la Sagrada Familia. No se trata solo de un problema operativo. A menudo, es una estancia breve en un destino urbano lo que activa nuestro deseo de una estancia prolongada: Es un short break el que determina la selección del máster que estudiaremos o el lugar en el que invertiremos. En sistema de ruedecillas interconectadas, cada pieza que sustraemos al mecanismo altera el resultado global. 

El destino de las ciudades

El debate sobre la turismofobia es estéril. Centra la atención en una parte minúscula del proceso, que es la presencia de un determinado tipo de turistas en la ciudad. Por eso debemos dejar de hablar de turismo y fijar el debate en otro escenario, que es el de la movilidad contemporánea y la capacidad de atracción de la ciudad. El problema es simple: En las ciudades atractivas, la presencia masiva y creciente de personas (inmigrantes, estudiantes, emprendedores, turistas) en un espacio que no puede crecer al mismo ritmo, y que está encerrado en unos límites físicos, crea efectos secundarios no deseados: incremento del precio de las viviendas, gentrificación, expulsión de una parte de los residentes. pérdida de determinados tejidos  tradicionales, congestión... No es un paisaje apocalíptico inapelable, sino los efectos que proliferarán en la ciudad global si no se gestiona con inteligencia. Es el debate contemporáneo en ciudades globales con muchos turistas (Londres, Nueva York y París), pero también en ciudades globales con muy pocos turistas (Sidney, Sao Paulo o México DF). 

En este punto, conviene separar el debate político y el debate técnico. Las ciudades deben decidir su destino. Pueden decidir colectivamente que no aspiran a convertirse en espacios globales, porque no quieren asumir una parte de los costes que se derivan. Pueden recuperar su papel de centros de decisión regionales. En el caso de Barcelona, un nodo central de la Euroregión mediterránea. O incluso, pueden aspirar a ser meramente la capital de una nación, que no es poca cosa. Cada decisión implica un juego de oportunidades y renuncias impreciso, inestable, que solo es patrimonio de sus ciudadanos. Ellos deciden la dimensión extra muros de la ciudad. 

Hay luego un debate técnico, que intenta minimizar los costes y aprovechar las oportunidades. En este punto, hay que saber que ningún modelo está exento de tensiones, que no hay ningún escenario ideal. En los próximos posts, les propongo que asumamos (aunque sea temporalmente) la hipótesis de la ciudad global. Me propongo plantear tres grandes debates sobre la gestión técnica de este modelo de ciudad. Se trata de lograr el equilibrio que permita mantener una ciudad con ciudadanos sin comprometer las posibilidades de una dimensión global de la ciudad de Barcelona. No en términos turísticos, sino en el contexto de la nueva movilidad. Y mi propuesta se centra en tres estrategias: la dimensión metropolitana, el combate contra los sistemas duales y la redefinición de la identidad de la ciudad. Mientras tanto, espero sus comentarios.