26 d’agost 2017

Entreguen las freidoras



Port Aventura es un prodigioso artefacto de ocio. Admito todas las críticas que quieran incorporar: el kistch, la banalidad, la masificación... Pero por más que uno quiera agudizar el sentido crítico, no puede evitar la fascinación por este complejo de diversión, creado con una intención muy loable: Que los visitantes se lo pasen bien. Y si hubieran seguido la carrera exultante de Francesco durante horas, habrían concluído que el parque logró sin ningún género de dudas hacerle muy feliz. Hago este preámbulo para que no malinterpreten mi crítica. Me gustan los parques temáticos y me gusta Port Aventura.

Las atracciones de Port Aventura son excepcionales y la ambientación es sobresaliente. Es verdad que el tono decae con los espectáculos, pero aún es posible encontrar alguna obra más que digna. Sin embargo, todo se tiñe de negro cuando vamos a comer. El menú infantil son unos macarrones demasiado cocidos y nada escurridos con una salsa de tomate en conserva a granel. Mi plato es una mezcla imposible de verduras mal cocinadas y carne plastificada. Creo que hay cárceles en Bolivia donde se come mejor que en el parque. No se salvó nada. Los bocadillos, los postres, las bebidas tenían la dignidad de un compejo turístico soviético antes de la caída del muro. Bueno, y después también. Y no puedo entender cómo un espacio que logra niveles de excelencia en el diseño del ocio puede caer tan bajo en algo tan simple como es la cocina.

Port Aventura no es un caso aislado. Hay parques acuáticos, centros comerciales, paseos marítimos, estaciones de Renfe y ciudades turísticas enteras que se esfuerzan por hacerlo mal. Canelones congelados, ensaladas de bolsa, carne con sabor a neumático usado, pan que no es pan, pizzas como los relojes de Dalí, zumos de naranja que huelen a detergente, cafés que tumbarían al mismísimo Chuck Norris, medallones de merluza enharinados para disimular su triste condición... Hay un catálogo casi infinito de menús que tendrían que estar tipificados en el código penal. De hecho, deberían estar prohibidos por la Convención de Ginebra. 

¿Qué nos está pasando?. Además de los grandes restaurantes, el país está lleno de restaurantes medios  de una calidad indudable. Son profesionales que quieren a su profesión. Y les gusta que guste lo que hacen, como a casi todo el mundo. Los hay que innovan, que se arriesgan, y los hay que juegan sobre seguro. Pero justo al otro lado de la calle, la hilera de restaurantes turísticos odian su profesión, odian la cocina y es posible que odien a la humanidad. No es una cuestión de costes. Se puede hacer un gazpacho, un arroz de verduras, unas lentejas, unas alubias con almejas, una escalivada, un empedrat, un salmorejo, un cocido o una coca de recapta por casi nada. Eso sí: Hay que escoger buenas materias primas, hay que saber cocinar y hay que dedicar un cierto tiempo. No digo que cocinen como mi madre, pero vaya, que sepan hacer unos canelones con gusto a canelones. 

En ningún otro servicio toleraríamos este infranivel. No admitiríamos que el peluquero nos dejase el pelo como una mofeta en celo; a no ser que fuéramos un jugador de fútbol, claro. Los conductores de autobuses no se equivocan de recorrido y te dejan en Ciudad Real cuando querías ir a Murcia. El quiosquero te guarda el periódico cada sábado. Y el profesor de salsa no logra que bailes salsa, pero consigue que creas que bailas salsa, lo cual tiene mucho más mérito. En general, los pintores pintan, los instructores instruyen, los médicos medican y los arponeros arponean. ¿Por qué hay cocineros que no cocinan?. ¿Por qué existen restaurantes con peor comida que un piso de estudiantes de ingeniería informática?. ¿Cuándo dejamos que pasara esto?.

Afrontémoslo: El rey está desnudo. Lo de Port Aventura no es una excepción. Hay demasiados restaurantes en lugares concurridos, hay demasiados restaurantes en lugares turísticos, que son excepcionalmente malos. Que son malos con nocturnidad y alevosía, señoría. Sin atenuantes, pero con muchos conservantes y colorantes. Son tan malos que debe haber algo sitio clandestino donde les enseñan a hacerlo tan mal, porque eso de forma espontánea no sale así. Hay demasiados restaurantes que dañan irreversiblemente la imagen del lugar donde se ubican. Y dañan también el hígado y el intestino delgado. Hay países donde en casi todos los lugares se come razonablemente bien. Aquí, llegó el momento de decirlo, se come muy bien y también se come muy mal. Y en la vida llega un momento en que tienes que escoger. Todos a una: Restaurantes pésimos, ríndanse. Y entreguen las freidoras y la harina de rebozar. 

14 d’agost 2017

Estrategia II. Contra la ciudad dual


Toca hacer balance. El turismo no es el mecanismo que ha desencadenado la muerte de la ciudad. Por eso, los mismos problemas que tiene Barcelona los tienen ciudades con turistas y sin turistas. Es la movilidad de personas hacia las ciudades globales lo que tensiona las ciudades diseñadas para un hinterland mucho menor. La respuesta más aparente en la extensión de la ciudad hacia la corona metropolitana. Solo una gestión inteligente podrá evitar que la ampliación de la geografía del turismo de Barcelona no acabe en una expulsión hacia la periferia de la oferta de bajo precio, mientras que el centro se colapsa por la ausencia de competencia. Lo bueno de este escenario es que ni promete una solución mágica ni se rinde ante un apocalipsis inevitable: Traslada a la gestión la responsabilidad del éxito de la ciudad.

Hoy les propongo la segunda vía estratégica para la ciudad global: El combate contra la ciudad dual. El principal problema de las ciudades contemporáneas no es la congestión. Vamos hacia un mundo de megalópolis, de barrios gigantescos y de extrema movilidad interna. Las grandes ciudades son enormes imanes de personas y ello va a crear polaridades. Lo lógico en las ciudades globales será su densidad. Y por eso, las ciudades globales deben poner en el primer lugar de su agenda la gestión del transporte interno: La expulsión de los coches, la apuesta radical por el sistema de transporte público, el uso masivo de la bicicleta y los desplazamientos a pie, la creación de modelos intermodales... Pero eso es otra historia. Déjenme tan solo reiterar que las ciudades globales se llenan de personas que acuden a festivales, que se manifiestan por un mundo mejor, que disfrutan de grandes acontecimientos deportivos, que acuden al reclamo de grandes ofertas de ocio, que cierran un acuerdo de compra - venta o que reclaman la independencia en la Diagonal. 

La ciudad mediterránea

Simplificando (simplificando mucho, lo admito), la planificación urbana se mueve entre dos tensiones: A un extremo, la especialización y al otro lado, la superposición. En ese juego, hay quien propone que la ciudad funciona mejor si organizamos los usos en áreas: Aquí la industria pesada; allá el espacio urbano de rentas medias; por aquí, la calle comercial; y al fondo, los equipamientos culturales. Al otro lado del péndulo, otros proponen que en cada barrio haya un poco de todo, que se mezclen usos, actividades y (atención) niveles de renta. La ciudad mediterránea es, en buena manera, un artefacto de convivencias entre actividades muy diversas. Que usos diferentes convivan en un mismo espacio crea problemas: La pequeña fábrica emite ruidos, los bajos comerciales impiden su uso residencial, los hipsters del teatro asustan a las señoras que se reúnen para jugar al cinquillo y las familias paquistaníes rezan en un garaje, mientras la iglesia del barrio casi está vacía. 

La principal virtud de los modelos de superposición es la convivencia y, por tanto, el incremento de las posibilidades de interacción. Cuando rentas, culturas, edades y actividades diferentes comparten un mismo escenario es más fácil que nazcan relaciones binarias entre individuos, empresas, iniciativas o sistemas culturales. La ciudad es más fértil porque existe un constante encuentro entre diferentes. Los barrios uniformes (usos, rentas, culturas) reducen la interacción. Y esta es esencialmente la principal virtud de las ciudades contemporáneas: La oportunidad de enlazar sistemas diversos. Por eso, el problema de la gentrificación es la creación de un espacio uniforme que expulsa el resto de niveles de renta, y probablemente también, el resto de sistemas culturales y actividades económicas. Podíamos aceptar la siguiente sentencia: La ciudad tendría que tender a la maximización de la mezcla entre (a) usos, (b) actividades, (c) niveles de renta y (d) perfiles sociodemográficos. 

El espacio turístico

El espacio turístico tiende a crear áreas de concentración, bien en torno a los elementos de atracción bien en las áreas donde se sitúan los servicios. Primero es un hotel cerca del Palacio; luego es un restaurante, y otro hotel, y los primeros comercios, y la oficina de turismo o los primeros apartamentos. Poco a poco, se crea lo que McCannell llamó el frente turístico (front), en el que tiene lugar la actividad de los turistas; fuera de ese perímetro, el dorso (back) se mantiene lejos de la mirada voyeurista de turista. La tendencia más habitual en la construcción de los espacios turísticos es la creación de un espacio dual, que diferencia el espacio de los turistas y el espacio de los residentes. Hay zonas que incluso se planificaron en esta lógica: El plan que dio lugar a la actual Cancún diferenciaba la línea de costa para uso turístico y la zona reservada para la creación de una nueva ciudad, solo para residentes. 

El problema del espacio dual no es la "tematización" de una parte de la ciudad. Tampoco es (como se repite hasta la saciedad) la gentrificación de los barrios; en otro post intentaré rebatir el argumento de que el turismo crea gentrificación. El principal problema de la concentración turística es que atenta contra el principio básico de la ciudad mediterránea, que es la mezcla y la interacción. Llevado a su extremo, la ciudad dual crea dos universos paralelos que no están conectados por ningún enlace, de manera que en la práctica son dos ciudades independientes. No hay nada de lo que ocurre en una parte que afecte a la otra. Este es el principal combate que deben librar las ciudades contemporáneas: La eliminación de las fronteras invisibles entre la ciudad turística y la ciudad no turística.

Bus turístico y HUTs

Como esto está quedando muy teórico, déjenme bajar a la arena de la vida cotidiana. Les voy a poner dos ejemplos de sistemas duales, que deberíamos replantearnos si queremos favorecer los conectores entre los diversos de la ciudad: El autobús turístico y la legislación sobre 'habitatges d'ús turístic'. 

El autobús turístico parece una gran idea y, en cierta manera, lo es. Permite optimizar los desplazamientos de los turistas desde un nodo hasta otro sin necesidad de recorrer espacios neutros. Los turistas pueden ir del Park Güell al Gòtic y de allí hasta el Anillo Olímpico, sin entrar apenas en contacto con la 'otra Barcelona'. Lo que hemos hecho es crear un sistema dual, en el que los 'locales' se desplazan por una red de transporte y los turistas por otra. En realidad tendríamos que tener una sola red de transporte, por dos razones bastante obvias. La más lógica es que si incrementamos los usuarios podemos mejorar la eficiencia: Cuanta mayor masa crítica, más posibilidades de nuevos trenes, nuevas estaciones, o nuevos autobuses. La ciudad desaprovecha los más de 100 millones de desplazamientos anuales internos que realizan los turistas. La segunda es que el uso del sistema de transporte local exige al turista entrar en el escenario de la vida cotidiana de la ciudad. Hagestrand llamó a estos lugares de encuentro 'estaciones' en su modelo espacio - temporal. Y esa es la idea: La ciudad necesita estaciones.

Ocurre algo similar con la legislación actual de las HUT en Cataluña. La normativa no permite que se ofrezca una habitación, porque solo puede ser rentada la vivienda en su totalidad. Que turistas y residentes convivan durante unos días en el mismo techo tendría que ser una forma de eliminar el sistema dual del turismo. De igual forma, parece un error que la normativa obligue a que el conjunto del edificio en que se ofrecen un HUT se especialice en ese uso. Lo mejor sería que en la vivienda conviviesen usos diferentes. ¿Que crea conflictos?. Sí, es el peaje de la superposición. Pero la zonificación es (creo) una alternativa no deseable. 

Contra el sistema dual del turismo

La segunda estrategia de las ciudades globales es la creación de un escenario de convivencia entre usos, actividades, niveles de renta y perfiles sociodemográficos. Y no se trata solo de justicia social y equilibrio territorial, que también. Es una forma de fomentar la interacción entre diferentes, de propiciar de forma constante contrastes entre modelos. La ciudad global funciona más como una jam session que como un acorde que se repite de forma monótona. Traducido al turismo, la ciudad debería combatir la especialización funcional y la tendencia del turismo a crear frentes que desalojan el resto de las actividades. Las ciudades globales deben librar la batalla contra la ciudad dual. 

Si operamos en la escala micro, el objetivo es la creación de múltiples 'estaciones' en el sentido que le da Hägerstrand. Son lugares en los que coinciden los diversos usuarios de la ciudad. Son algunas plazas, las manifestaciones a favor de los refugiados, los festivales de música, los skaters del MACBA (que ha estudiado Paolo Russo), la playa, los centros comerciales, el aeropuerto, algunos restaurantes, el Liceu, el zoo, el metro... Y hay que evitar los espacios que disocian la experiencia de los locales (diversos y plurales, recordemos) y la experiencia de los turistas. Cuando un museo como el Picasso es usado de forma casi exclusiva por turistas, se convierte en un mecanismo del sistema dual y pasa a ser un elemento externo a la propia ciudad. Por eso tenía razón su antiguo director cuando proponía horarios y actividades de uso preferente por los locales. Y bajo esta perspectiva se entiende mucho mejor el celo que tienen en el Celler de Can Roca por garantizar que una parte de los comensales de cada servicio sean 'locales', a pesar del alud de demandas que le llegan de todos los rincones del mundo. El Celler no podría existir sin turismo; pero los hermanos Roca no quieren crear un espacio turístico. 

Si operamos en la escala macro, el objetivo es una planificación urbana que fomente la diversidad de usos en los barrios, que ataque la especialización turística, que fomente usos secundarios en todas las capas de la ciudad, que fije usos residenciales de niveles de renta diversos (que no es lo mismo que fijar residentes) y en definitiva, que mantenga una lógica de mixtura de usos y umbrales máximos. Se trata de crear un cierto equilibrio entre fuerzas, para lograr que los diversos usuarios de la ciudad (inmigrantes, estudiantes, turistas, emprendedores) se repitan en los diversos escenarios de la ciudad. Si lo reducimos todo a la planificación urbana (como los planes de usos), el resultado será desastroso. Debe existir una cultura urbana de interacción, que fomente el encuentro entre individuos diversos en un mismo espacio. Eso afecta desde la programación cultural a las iniciativas empresariales o la localización de los equipamients públicos. 

Contra la ciudad de los residentes

No hay nada más tóxico para una ciudad que la creación de un espacio de monocultivo turístico. Cuando las actividades turísticas invaden la práctica totalidad de un espacio urbano lo anulan. Lo convierte en un frente turístico en el que tiene lugar una experiencia solo para turistas. Evitan que residentes y turistas coincidan en un mismo espacio. Anula la creación de 'estaciones'. Impide el aprovechamiento de la presencia de turistas para mejorar la ciudad y ganar densidades. Y, en definitiva, desprovee a la ciudad de su materia prima esencial que es el residente.

Pero al otro lado de la balanza, que las actividades turísticas sean expulsadas del espacio urbano no es combatir el espacio dual. Que los turistas coincidan en los espacios de los no turistas es necesario. Es uno de los grandes retos de las ciudades globales: la interacción entre estudiantes, residentes, residentes temporales, inmigrantes, emprendedores... y turistas . Que haya turistas en la Boquería e, incluso, que algunas paradas ofrezcan productos para turistas es mejor que peor. El problema nace si la turistificación del Mercado lo anula y lo convierte en una atracción. Pero la solución no es la desturistificación del mercado, sino la gestión inteligente. Lo turistas en el Park Güell, en las Ramblas, en el Picasso o en la playa de la Barceloneta pueden ser la anulación de la vida local o una oportunidad para la interacción. Eso son las ciudades de superposición: Una tensión entre perjuicios y beneficios, basada en la gestión del espacio.

En resumen, las ciudades globales combaten la especialización turística. Evitan que proliferen los barrios turísticos, escenarios vacíos de residentes, que viven lejos, en el back. Pero eso no quiere decir que las ciudades globales combatan el turismo. Al contrario, las ciudades de superposición (usos, actividades, rentas y perfiles) propician el encuentro entre los diferentes usuarios del espacio urbano. Crean y mantienen 'estaciones' de relación entre diferentes e incentivan una cultura de intercambio. Es un terreno inestable y frágil. Y seguramente por ello, fértil y creativo. 

10 d’agost 2017

Estrategia I. La dimensión metropolitana



Si entran en el portal turístico de Londres verán que además de glosar las excelencias de la capital inglesa, nos proponen excursiones de un día: Nos sugieren Bath, Oxford, Stonehenge... y París. Si después de unos días en la ciudad del Támesis, la visita se les queda pequeña, pueden visitar un bonito pueblo del extrarradio de Londres, donde comen croisants y mucho queso. En el momento en el que Londres 'vende' París como parte de su oferta, los límites clásicos de los destinos turísticos se dinamitan.

Planteemos nuevamente el problema de inicio: Crece la demanda de usuarios sobre la ciudad (inmigrantes, emprendedores, estudiantes o turistas), una ciudad que tiene unas dimensiones muy reducidas. El  desequilibrio entre una demanda creciente y una oferta estable genera una presión con efectos ya conocidos: expulsión de los residentes, gentrificación, congestión... Si planteamos la hipótesis de una ciudad global, la demanda tenderá a crecer y, por lo tanto, si no hacemos nada, los problemas se agudizarán. La primera solución parece bastante evidente. Si cambiamos de escala e incorporamos el Área Metropolitana en el terreno de juego del turismo, la tensión sobre los espacios turísticos actuales (en esencia, Ciutat Vella, Eixample y una parte de Sant Martí) se reducirá.

El escenario pesimista

Integrar el área metropolitana en el escenario turístico parece una buena respuesta. Además es consecuente con el proceso histórico de la ciudad, que ha ido expulsando de forma progresiva determinados usos al espacio metropolitano: las explotaciones agrícolas, la industria pesada, una parte de la industria ligera, la logística y el puerto, y una parte de los servicios (hospitales, universidades...). TV3 está en Sant Joan Despí, el Circuit en Montmeló, el Archivo de Cataluña en Sant Cugat, la Fira en L'Hospitalet y el campo del Espanyol en Cornellà.

Pero proclamar la metropolinización del turismo es mas fácil que llevarla a cabo. El escenario más probable si no hacemos nada será más o menos este: Una parte de la nueva planta hotelera y de los nuevos HUTs se desplazarán hacia la corona metropolitana, que compensarán la distancia con la política de precios. Se dispersará solo la oferta de bajo precio. La localización preferente de estos esblecimientos será perirubana, cerca de los ejes de transporte que conecten rápidamente con el centro de Barcelona. La relación entre los turistas y las ciudades metropolitanas será nula. Por su parte, la ciudad habrá expulsado una parte de la oferta de alojamiento, pero los desplazamientos diarios atraerán a todos los turistas diseminados por el espacio metropolitano hacia los nodos de la ciudad. Barcelona sufrirá los mismos efectos que Venecia: El Lido concentra una parte significativa del alojamiento, pero el flujo de turistas diario satura inevitablemente la ciudad durante todo el día. En la ciudad, el PEUAT eliminará el efecto de la competencia. Los hoteles saben que tendrán clientes porque no hay nuevos hoteles que puedan castigar sus puntos débiles. La tendencia natural será un progresivo encarecimiento del precio de los hoteles en el centro y una disminución de la calidad de la oferta (menor en los hoteles de cadena, que no querrán comprometer la imagen de marca). 

Este escenario se puede resumir en dos ideas fuerza: Primero, la expansión hacia el Área Metropolitana ocurrirá de forma inevitable; de hecho, ya está ocurriendo ahora mientras miramos los turistas de la Barceloneta. Segundo, si la desconcentración se lleva a cabo sin ningún tipo de intervención, el resultado no mejorará necesariamente la situación actual. Por eso, más que abogar por la metropolinización del turismo en Barcelona, deberíamos planificar el cambio de escala. Deberíamos contemplar al menos cinco estrategias: la redacción de un plan turístico metropolitano, la creación de densidades turísticas, la especialización funcional, la potenciación de experiencias turísticas metropolitanas y la re-localización periférica.

Plan metropolitano

Ningún plan va a funcionar si no opera a escala metropolitana. Si los flujos, la red de transporte, las dinámicas inmobiliarias y la misma logística turística tiene una dimensión metropolitana, los planes no pueden ser solo municipales. Esta es la mayor debilidad del reciente PEUAT: Decide qué hacer en Barcelona, pero no interviene (porque no puede hacerlo) en la primera y la segunda corona. El AMB necesita con urgencia un plan turístico metropolitano, que fije dinámicas, procesos y reequilibrios a corto, medio y largo plazo.

Densidades

Una de las necesidades del plan es crear concentraciones de oferta. Primero, oferta de alojamiento y después, el resto de la oferta. Si la planta hotelera se dispersa en el conjunto del área, no existirán densidades que creen ofertas de soporte. Es bueno que algunas ciudades concentren muchos hoteles y otras no tengan ninguna actividad turística. Solo cuando el número de hoteles es suficientemente amplio, cobra sentido la creación de otras ofertas (restauración, ocio y, al final, oferta cultural y recreativa) dirigida a los turistas. Y ese es el principal antídoto contra la fuerza de atracción de Barcelona. Sin densidades, los hoteles diseminados por todo el territorio, serán hoteles dormitorio que potenciarán la congestión del centro de Barcelona.

Especialización funcional

La apuesta metropolitana es (como casi todas las apuestas de los destinos) una apuesta a medio y largo plazo. El objetivo es construir identidades complementarias a la imagen de Barcelona, que tengan capacidad de atracción de una parte de la actividad turística. Hay que saber que la fuerza centrípeta de la capital será inevitable y que estas medidas actúan como mecanismos de compensación parcial, pero nunca como sustitutos.

Las estrategias de especialización funcional son una de las prioridades del plan, pero me atrevo a sugerir cuatro ejes: La especialización litoral (Viladecans - Gavà - Castelldefels al sur y Bajo Maresme  en el norte), las polaridades urbanas secundarias (L'Hospitalet, Sabadell y Badalona), los núcleos históricos (Sant Boi de Llobregat / Colònia Güell y Sant Cugat) y el eje natural y balneario. No todas van a funcionar, pero es importante que las estrategias de desconcentración tengan personalidad y construyan alternativas viables a medio plazo a la atracción de Barcelona.

Experiencias turisticas

Además de atractores de nuevos hoteles, de apartamentos o de restauración, el gran objetivo es que el área metropolitana consiga también ofrecer experiencias turísticas que descongestionen la presión sobre el centro de Barcelona. Recorridos en bicicleta por el parque agrario, conciertos alternativos, turismo creativo, birdwatching en el delta, cursos de vela, senderismo en el Garraf... Solo cuando en el Área Metropolitana "pasen cosas" la redistribución turística cobrará sentido. La demanda creciente de experiencias juega a favor de este proceso, pero no será fácil compensar la atracción del escenario Barcelona.

Re-localización

Finalmente, se trata de impregnar la dimensión metropolitana en todas las decisiones futuras sobre el turismo de la ciudad. El objetivo es asumir que el nuevo escenario de la actividad turística es el conjunto del área, no como una alternativa (un plan B) a la mixomatosis de Barcelona, sino como una verdadera lógica territorial. Eso se entiende mejor con algunos ejemplos: El Sónar en Sabadell, el Picasso en Sant Cugat, el Godó en Badalona, l'Hermitage en Terrassa, el Primavera Sound en Sant Boi de Llobregat...

El cambio de escala es la apuesta más solvente a la congestión del centro en un escenario de nuevas movilidades, cuando Barcelona se ha incorporado a la liga de las ciudades globales. Integrar el área metropolitana asegura rebajar la presión en el centro y permite diversificar la imagen de la ciudad, con muchos más acentos que los que ofrece actualmente. Pero solo con acciones inteligentes de valorización de las coronas que rodean la ciudad, será posible que este proceso supere el escenario de la descentralización de la oferta mediocre. Y lógicamente, algunas de estas dinámicas ayudarían también a reforzar ciudades intermedias del Área Metropolitana no solo en su estrategia turística, sino en la propia estrategia de ciudad. Si Londres ya vende París, la Barcelona turística no puede quedar encerrada en el perímetro del Ensanche de Cerdà. 

08 d’agost 2017

It's mobility, stupid (and It is not tourism)


Imaginemos un relojero que mira el sistema de ruedecillas que hacen girar las manecillas. Con su inmensa lupa en uno de sus ojos, comprueba que cada elemento del engranaje funcione, y si hay alguno deteriorado lo sustituye por otro. Pero todos los relojeros saben que, finalmente, la magia del reloj reside en la relación entre las piezas. Siempre debe ver el sistema en su conjunto.

Me temo que en el debate sobre el turismo, estamos mirando una de las ruedecillas del mecanismo. Por eso, la mejor forma de entender el turismo en las grandes ciudades es dejar de hablar de turismo y ver el sistema en su conjunto. La tesis que intentaré defender es la siguiente: La tensión de las ciudades contemporáneas no es la presión que genera el turismo, sino el cambio de escala de su área de atracción. Lo cual no resuelve el problema, pero sí lo traslada de campo de juego.

Ciudades

Una ciudad es la tensión entre dos sistemas: Por un lado, el sistema local, integrado por los ciudadanos, que la diseñan, la viven, la sufren, la construyen y la sueñan. Por otro, una ciudad es un sistema de relaciones entre un nodo y su espacio de atracción (el hinterland). Las ciudades existen porque atraen y concentran. De manera que no hay ciudad sin ciudadanos, pero tampoco hay ciudad sin movimiento. Esta tensión es inestable, pero como muchos de los sistemas frágiles, seguramente esta inestabilidad es la que permite su dinamismo. Es en la resolución del conflicto entre intra muros y extra muros que se definen las ciudades a lo largo de la historia. También ahora. 

La historia de las ciudades ha sido la historia del crecimiento de su hinterland. A medida que ha avanzado la historia, las ciudades han pasado de relacionarse con su espacio más inmediato a ser la sede de condados y reinos, para después conectarse con el proyecto de estado - nación y más tarde ser los centros neurálgicos de regiones transnacionales. Hoy, con más intensidad que en ningún otro momento de la historia, algunas de las ciudades han creado un hinterland intercontinental. Son ciudades globales, cuya capacidad de atracción se extiende a todos los rincones del Planeta. La mayor parte de ellas llevan siglos instaladas en la parte más alta del sistema mundial de ciudades: Londres, París, Nueva York, Moscú, Tokio... Otras han surgido del anonimato de forma casi espontánea, como setas tras un aguacero. Y eso es, más o menos, Barcelona hoy.

Movilidad

La principal característica de las ciudades globales contemporáneas no es su dimensión global. Probablemente. el Londres del XIX, el París del XVIII, la Venecia del XIV o la Constantinopla del XII también tenían una lógica universal. El segundo elemento que las caracteriza es la capacidad efectiva de los individuos de desplazarse físicamente hasta estos centros de gravedad. No se trata solo de polos de atracción (y de difusión) de mercancías y de ideas: Son también grandes 'hubs' de personas. Y eso es así porque estamos inmersos en la era de la movilidad, como describe con acierto Urry.

Las ciudades no solo adquieren una dimensión global, sino que su capacidad de atracción incluye de forma masiva también a las personas. Las ciudades globales son ciudades imanes de millones desplazamientos individuales. Como explica Urry, 'desplazarse a' se ha convertido en una forma contemporánea de definirnos: Somos donde estamos (y donde no estamos). La geografía define nuestra biografía. Dónde vivimos, dónde trabajamos, dónde estudian nuestros hijos, dónde asistimos a un congreso o dónde pasamos un fin de semana son decisiones capitales en la configuración de las identidades personales contemporáneas. Por eso las ciudades globales se tensionan más que nunca ante la absorción de flujos permanentes (los menos) y efímeros (la mayoría) de personas. 

¿Quiénes son los nuevos usuarios de las ciudades globales?. En primer lugar, son los inmigrantes, que acuden al reclamo del éxito de la ciudad para proyectar el sueño de una vida mejor. Nada nuevo en la historia de las ciudades. En segundo lugar, y esto sí es inédito, son los residentes temporales, personas que se desplazan para trabajar (o no) durante una estancia prolongada, aunque no permanente. La ciudad no es un proyecto de futuro, sino una experiencia vital presente. Investigadores que hacen una estancia, jóvenes que quieren vivir la intensidad de una ciudad cosmopolita, jubilados atraídos por la luz urbana... Son residentes, pero no tienen la intención de residir. Aunque tal vez lo hagan. En tercer lugar, son los emprendedores, aquellos que vienen atraídos por la capacidad económica de la ciudad y que podrían iniciar su negocio en cualquier otro lugar, pero presienten que este es el espacio ideal. En cuarto lugar, son los estudiantes que vinculan el prestigio de la ciudad con el prestigio de los centros educativos. Nunca antes se conoció un sistema de formación tan abierto y conectado. En quinto lugar, son las personas que asisten a congresos, exhibiciones, ferias o eventos que se realizan en la ciudad, precisamente en esa ciudad porque su prestigio impregna el éxito del propio congreso o del evento. También, por supuesto, los turistas, diversos, complejos y divididos en clústers o grupos muy diferenciados entre sí; de hecho, algunos de los colectivos anteriores son de facto turistas. Están los que usan la ciudad porque sus dimensiones permiten acceder a servicios centrales, como los sanitarios, los comerciales o los culturales. Y finalmente, usan la ciudad los residentes en la isocrona de las dos horas, que se desplazan por unas horas para vivir alguna de las dimensiones de la ciudad.

Como he explicado en otras ocasiones, la dicotomía entre ciudad turística y ciudad productiva es falsa. En la constelación de ciudades contemporáneas, el éxito de las ciudades depende de su capacidad de atracción no solo de mercancías y de ideas: También de personas. La dicotomía real es ciudades atractivas versus ciudades invisibles. Y no es muy fácil discriminar qué tipo de flujo queremos, como por ejemplo sí al World Mobile Congress, la Agencia Europea del Medicamento o los estudiantes de másters internacionales pero no a los turistas que fotografían la Sagrada Familia. No se trata solo de un problema operativo. A menudo, es una estancia breve en un destino urbano lo que activa nuestro deseo de una estancia prolongada: Es un short break el que determina la selección del máster que estudiaremos o el lugar en el que invertiremos. En sistema de ruedecillas interconectadas, cada pieza que sustraemos al mecanismo altera el resultado global. 

El destino de las ciudades

El debate sobre la turismofobia es estéril. Centra la atención en una parte minúscula del proceso, que es la presencia de un determinado tipo de turistas en la ciudad. Por eso debemos dejar de hablar de turismo y fijar el debate en otro escenario, que es el de la movilidad contemporánea y la capacidad de atracción de la ciudad. El problema es simple: En las ciudades atractivas, la presencia masiva y creciente de personas (inmigrantes, estudiantes, emprendedores, turistas) en un espacio que no puede crecer al mismo ritmo, y que está encerrado en unos límites físicos, crea efectos secundarios no deseados: incremento del precio de las viviendas, gentrificación, expulsión de una parte de los residentes. pérdida de determinados tejidos  tradicionales, congestión... No es un paisaje apocalíptico inapelable, sino los efectos que proliferarán en la ciudad global si no se gestiona con inteligencia. Es el debate contemporáneo en ciudades globales con muchos turistas (Londres, Nueva York y París), pero también en ciudades globales con muy pocos turistas (Sidney, Sao Paulo o México DF). 

En este punto, conviene separar el debate político y el debate técnico. Las ciudades deben decidir su destino. Pueden decidir colectivamente que no aspiran a convertirse en espacios globales, porque no quieren asumir una parte de los costes que se derivan. Pueden recuperar su papel de centros de decisión regionales. En el caso de Barcelona, un nodo central de la Euroregión mediterránea. O incluso, pueden aspirar a ser meramente la capital de una nación, que no es poca cosa. Cada decisión implica un juego de oportunidades y renuncias impreciso, inestable, que solo es patrimonio de sus ciudadanos. Ellos deciden la dimensión extra muros de la ciudad. 

Hay luego un debate técnico, que intenta minimizar los costes y aprovechar las oportunidades. En este punto, hay que saber que ningún modelo está exento de tensiones, que no hay ningún escenario ideal. En los próximos posts, les propongo que asumamos (aunque sea temporalmente) la hipótesis de la ciudad global. Me propongo plantear tres grandes debates sobre la gestión técnica de este modelo de ciudad. Se trata de lograr el equilibrio que permita mantener una ciudad con ciudadanos sin comprometer las posibilidades de una dimensión global de la ciudad de Barcelona. No en términos turísticos, sino en el contexto de la nueva movilidad. Y mi propuesta se centra en tres estrategias: la dimensión metropolitana, el combate contra los sistemas duales y la redefinición de la identidad de la ciudad. Mientras tanto, espero sus comentarios.